Y acabar con todo

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Querido Álvaro:

Esta tarde ha venido de visita Magda. Ha traído a Gustavo y Ernesto se ha puesto muy contento por tener alguien con quien jugar. Magda dice que cuando llegue su hermanito estará entretenido y no armará tanto jaleo en casa. Se ha alegrado cuando le he dicho que han aceptado a Ernesto en el colegio para superdotados, aunque me he guardado mucho de usar esa palabra.

Esta vez no puedo mandarte la ecografía, Ernesto estuvo trasteando con ella y he tenido que tirar los pedazos a la basura.

Gustavo es un niño encantador. Mientras nos tomábamos el café, no he podido dejar de mirar cómo jugaba con los coches, cómo reía cuando se caía en el barro, cómo corría de vez en cuando hasta su madre para enseñarle algo que había encontrado entre la hierba del jardín. Ernesto también lo miraba, quieto en su rincón de pensar, como tú lo llamas. Lo miraba a él y me miraba a mí. Porque nuestro hijo, el pequeño genio de seis años, reconoció en mi mirada el anhelo. Y no pareció gustarle.

Pero no, a Ernesto no le pasa nada, es sólo un niño muy inteligente que se ve frustrado en un colegio que no le ofrece lo que necesita y con unos compañeros, como Gustavo, que no alcanzan a comprenderle. Cuando me pega patadas en realidad no me las pega a mí, sino al mundo, que le queda pequeño. Cuando coge las tijeras y da golpecitos en mi tripa es sólo su forma de llamar la atención, ¿verdad?

Esta tarde he corrido con el corazón en la garganta porque los niños habían desaparecido. “Ya está” me dijo nuestro hijo cuando los encontré.

Esta tarde he tenido que sacar a Gustavo del arroyo, pálido y frío, pero vivo. Esta tarde he mentido a Magda y ella ha fingido creerme.

Ernesto duerme abrazado a su almohada, con el rostro relajado, mientras te escribo. Y sería tan fácil, Álvaro, tan liberador usar esa almohada…

 

 

Microrrelato enviado (y no premiado 😣😣😣) al 11º concurso de microrrelatos de terror y gore del festival de cine de terror de Molins de Rei.

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El extraño caso del Señor Afilado

El señor afilado caminaba sin apenas separar las piernas. Arrastraba los pies a un ritmo rápido y constante que provocaba un frufrú exasperante en sus pantalones de pana.

Desaparecía por unos segundos en las tinieblas (frufrú, frufrú, frufrú) para volver a aparecer (frufrú, frufrú, frufrú) bajo la luz de una de las farolas que se alcanzaban a ver en ese tramo de carretera.

La chaqueta y los pantalones que cubrían la poca carne que rodeaba sus huesos, nervuda y lívida, apenas podían defenderlo del viento de aquella última noche de octubre.

Los brazos se agitaban totalmente rendidos al ritmo de su caminar y ligeramente inclinados hacia atrás por la curvatura de su espalda.

Su cabeza, en cambio, permanecía erguida y apuntando hacia delante como el último soldado en pie que arrastra al resto de sus compañeros caídos de vuelta a casa.

La luz de la farola que estaba más cerca de mí acentuó las crestas de sus pómulos y los hoyos que rodeaban sus ojos.

Hundidos y rodeados de ruina, ese par de ojos marrones, sanos, inteligentes –vivos, al fin y al cabo-, me diseccionaron durante el minuto que le llevó alcanzarme y sobrepasarme. En ningún momento su mandíbula dejó de masticar los restos de su última comida, que le chorreaban por las comisuras de la boca.

Lo contemplé alejarse carretera abajo hipnotizada, incapaz siquiera de preguntarme qué había pasado. Seguí mirando en esa dirección hasta que dejé de oír el frufrú. Seguí mirando en esa dirección hasta que empecé a oírlo a mis espaldas.

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Microrrelato enviado (y no premiado 😣😣😣) al 11º concurso de microrrelatos de terror y gore del festival de cine de terror de Molins de Rei.

Te alabamos, óyenos

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El inspector Ochoa se revolvía intranquilo en el sofá de escay intentado encontrar una postura cómoda. Cuando al fin se dio por vencido apoyó el codo en el brazo del sofá, cubierto por un delicado tapete de color azul, para aliviar su espalda.
La anciana se quedó congelada con la taza de café rozando sus labios y los ojos saliéndosele de las orbitas contemplando como aquel extraño desgraciaba su ajuar.
— Bien, volvamos a la noche de autos –dijo el comisario dando un respingo y alisando rápidamente el tapete.
— Le repito que no vi ni oí nada, caballero. A esas horas que usted me dice yo ya llevaba rato dormida.
El inspector la miró levantando una ceja.
— Señora, hemos encontrado doce cadáveres en el sótano de su vecino. Algo habrá visto. Sigue leyendo “Te alabamos, óyenos”

La máquina de la felicidad

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Violeta permaneció unos minutos apoyada con la cabeza entre los barrotes de la gran verja de hierro oxidado contemplando el ruinoso edificio. Recordaba que hacía no mucho había sido un hospicio y, unos cuantos años atrás, la residencia de un aristócrata venido a menos.
Sacó del bolsillo de su abrigo el panfleto y contempló a la mujer que le sonreía: “Diga adiós a sus preocupaciones” rezaba el eslogan. Si hubiese enseñado ese papel a cualquiera enseguida le habrían advertido de una muy probable estafa. Pero no lo había hecho, al igual que no había contado a nadie que meses atrás había visitado a una santera y que se había dejado la mitad de sus ahorros en un amuleto, una botellita llena de sangre y uñas, que nunca funcionó. Sigue leyendo “La máquina de la felicidad”