Maravillosa criatura

capucha

Charlie era un tipo tranquilo, casi una sombra de persona. Siempre se cubría la cara con la capucha de su sudadera, incluso en verano, y apenas hablaba. Con todo, no podía evitar que le mirasen ya que de su mejilla derecha colgaba, flácido y pendulante, un tentáculo.

Por educación nadie en la oficina le había preguntado qué hacía aquella protuberancia de unos seis centímetros en su cara. Hacía bien su trabajo y no nos inmiscuíamos en su vida. O puede que sintiésemos miedo.

Una vez, Alice se acercó a él con un bote de pomada. Se lo ofreció y se alejó, sin decir una palabra, dándole un alentador apretón en el hombro. Todos apartamos la mirada, tensos. No queríamos ver la cara del pobre diablo si se sentía ofendido. O puede que sintiésemos miedo. Sigue leyendo «Maravillosa criatura»

En la sala de espera

dientes

Mi señora madre solía decir que hay que hacer cuanto antes aquellas cosas que más se temen. Supongo que por eso se casó con mi padre.

Haciendo honor a la memoria de tan ilustre mujer me dirigí al dentista más cercano después de sufrir durante tres noches los punzantes dolores de muelas que amenazaban con arrebatarme el sueño y la cordura.

El piso en el que se encontraba la consulta estaba medio derruido por las bombas de una guerra que había acabado hacía ya años pero de la que nos recuperábamos lenta y pesadamente. Siempre cuesta renunciar a los viejos tiempos. Sigue leyendo «En la sala de espera»

Te alabamos, óyenos

Cuaderno de notas.jpg

El inspector Ochoa se revolvía intranquilo en el sofá de escay intentado encontrar una postura cómoda. Cuando al fin se dio por vencido apoyó el codo en el brazo del sofá, cubierto por un delicado tapete de color azul, para aliviar su espalda.
La anciana se quedó congelada con la taza de café rozando sus labios y los ojos saliéndosele de las orbitas contemplando como aquel extraño desgraciaba su ajuar.
— Bien, volvamos a la noche de autos –dijo el comisario dando un respingo y alisando rápidamente el tapete.
— Le repito que no vi ni oí nada, caballero. A esas horas que usted me dice yo ya llevaba rato dormida.
El inspector la miró levantando una ceja.
— Señora, hemos encontrado doce cadáveres en el sótano de su vecino. Algo habrá visto. Sigue leyendo «Te alabamos, óyenos»