Miércoles

gotero

 

Le dolía todo el cuerpo. Tenía rota una pierna y varias costillas. Los cortes y magulladuras se esparcían estratégicamente para que cualquier postura le resultase incómoda. Pero el dolor era bueno. El dolor pasaría en unas semanas y remitía cada vez que le daban una pastilla. Los recuerdos, por el contrario, embestían sin piedad y convertían en gritos desesperados las palabras del doctor Rabbit.

—     Hemos sido muy comprensivos durante estos días, Claudia —dijo quitándose las gafas y frotándose los ojos con el pulgar y el índice de la mano izquierda—. Entendemos que no haya querido hablar, pero va siendo hora de que responda a nuestras preguntas. Por seguridad. Sigue leyendo «Miércoles»

Hablando de maldiciones

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La bruja dijo:

Si no ves más que con tus ojos, si no puedes renunciar a lo que consideras sagrado por lo que marcan los latidos de tu corazón, si no crees necesario luchar por ello o ni siquiera lo percibes real; Entonces que todo ese odio se refleje en ti. Que tu rostro muestre a la bestia y no al hombre, hasta que encuentres a quien pueda quererte sin importarle lo que ve.

Pero la pregunta que nadie se hace es:

¿Qué fue de esa mujer, que lo amó más allá de toda razón, después de que la bestia recuperase su aspecto humano?

Porque nadie dijo que tuviese que ser correspondida.

Bajo el arco iris

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No recuerdo qué tiempo hacía el día en el que murió mi tía, puede que lloviese a cántaros o puede que hubiese un sol radiante. Tampoco recuerdo qué estaba haciendo cuando sonó el teléfono ni quienes compartían conmigo el vagón del tren que me llevó a la granja. Sólo recuerdo pensar en cómo nunca llegas a conocer del todo a alguien, cómo nunca puedes estar seguro de que no vaya a levantarse una buena mañana y destrozarle el cráneo a su mujer con una pala.
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Te alabamos, óyenos

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El inspector Ochoa se revolvía intranquilo en el sofá de escay intentado encontrar una postura cómoda. Cuando al fin se dio por vencido apoyó el codo en el brazo del sofá, cubierto por un delicado tapete de color azul, para aliviar su espalda.
La anciana se quedó congelada con la taza de café rozando sus labios y los ojos saliéndosele de las orbitas contemplando como aquel extraño desgraciaba su ajuar.
— Bien, volvamos a la noche de autos –dijo el comisario dando un respingo y alisando rápidamente el tapete.
— Le repito que no vi ni oí nada, caballero. A esas horas que usted me dice yo ya llevaba rato dormida.
El inspector la miró levantando una ceja.
— Señora, hemos encontrado doce cadáveres en el sótano de su vecino. Algo habrá visto. Sigue leyendo «Te alabamos, óyenos»