Está usted muerta, ¿y ahora qué?

cielo

 

Cuando leáis esto habré muerto. Y así, con cinco palabras, me convierto en leyenda. Porque a los muertos se nos respeta. Porque a los muertos no se nos lleva la contraria y se nos recuerda con cariño. Una vez me gritó y me tiró una copa de vino a la cara. Lástima no haber sabido entenderla, dirán, y lo cierto es que cuando le lancé la copa entendió a la perfección que lo que quería era mandarle a la mierda.

Además, mis palabras, al ser las últimas, caerán sobre vosotros como las tablas de Moisés y resonarán en vuestro cerebro como la voz del viejo profeta: Haced el amor y no la guerra, conservad el ticket de compra, el frescor mentolado no afecta igual a todas las partes del cuerpo… Y cuando el eco de mis sabias palabras se apague por el paso del tiempo os inventareis otras a vuestra conveniencia. Criaturitas.

Lo cierto es que veneramos a los muertos porque ellos, nosotros, sabemos algo que vosotros no: el sentido de la vida, la pregunta final, ese ¿qué coño pasa después? Puede que cuando mi corazón deje de latir vuelva a abrir los ojos, si es que llego a cerrarlos, me encuentre flotando en una nada blanca impoluta y aparezca en mis manos un panfleto con el necesario título: Está usted muerta, ¿y ahora qué? Guía de supervivencia del más allá, en el que se me revelen misterios insondables como la repentina aparición de una mata salvaje de pelo en la cabeza de Hilario Pino o porqué aquel tío nunca llamó. Aunque me intriga más lo de Hilario Pino.

 Y no esperéis una respuesta en estas líneas porque, por si no os habíais dado cuenta, estoy viva. De momento. Lo único que descubriréis es porqué estoy a punto de morir. Sí, cándidos seres terrenales, dejaré este mundo antes que vosotros pero no soy gilipollas. Todo el mundo sabe que una vez abandonas este valle de lágrimas tus obras se convierten en genialidades por arte de magia, así que aprovecharé el percance para haceros tragar toda la mierda infumable que pueda. No os enfadéis, es probable que mientras leáis esto os esté viendo. Así que nada de poner malas caras o las luces parpadearán, el viento ululará, etcétera, etcétera. ¡Y nada de tocarse! Un respeto, joder.

Todo empezó hace quince días, cuando aquella paloma se suicidó frente a mí. La lluvia me impedía ver el tráfico que se acercaba por ambos lados, así que decidí esperar a que el semáforo cambiase a verde para cruzar. Aburrida por los minutos perdidos miré alrededor y allí estaba. El animal bebía con entusiasmo el agua borboteante de una alcantarilla. Cada vez hundía un poco más su cabecita, hasta que llegó a sumergirla por completo. Conté cuatro Mississippis sin que el bicho moviese una pluma. Al quinto, cayó de lado tieso como un palo.

Que un animal que dedica su vida a comer, cagar y follar decidiese quitarse la vida me hizo reflexionar sobre la mía, la de un ser humano que durante las escasas horas de ocio que tenía era bombardeado con anuncios sobre tortitas bajas en calorías, yogures con bífidus y geles de placer. La decisión de desfalcar a la empresa tomó forma rápidamente. Y fue más fácil de lo que pensaba, la verdad. Cambié unas cuantas fechas, alteré unas cuantas cifras  y recordé los pasos que había dado mi jefe para crearse aquella cuenta en Suiza. Al final de la semana era diez millones más rica y volaba hacia París.

Puede que lo más inteligente hubiese sido irme a una isla perdida, hacerme la cirugía estética y esperar tranquilamente unos años, mientras se me tostaban las tetas al sol escuchando cumbias, a que la Interpol se olvidase de mí pero, ¡joder, quería ver París! Tendría tiempo, cuando fuese una anciana, de ir y cumplir mis últimas voluntades: con el dinero que me quedase volaría al Caribe, me compraría 20 gramos de coca y los compartiría con un mulato que me ayudase a morir indignamente arañándole la espalda y desgañitándome la garganta intercalando nombres de amantes olvidados con súplicas divinas.

Empecé a escribir aquí, en París, por supuesto. Me compré una Underwood en la que sólo teclee ¡Hola, mundo! y dejé olvidada en el Penthouse del Four Seasons. Acabé con las existencias de Moleskine y Montblanc para terminar escribiendo esto en servilletas, llenas de manchas de grasa o vete a saber qué, del bar más oscuro que puedes encontrar en Montmartre con un boli bic sin tinta que se resiste a acabarse. Otra pregunta para el más allá.

La Vie es un bar con montones de cortinajes rojos, luces tenues y humo de puro. Llegué a él a través de Madamme Poison, un contable con tres hijos al que la luna transforma en una mezcla de matriarca rica de telenovela y Mónica Naranjo. Choqué con ella mientras intentaba colgarme de una farola a lo Frank Sinatra. Tenía sentido en ese momento, con dos botellas de champán en el estómago. Decirle que estaba divina y que si yo hubiese sido hombre me hubiese encantado ser Drag también me pareció correcto y de buen gusto. Ella se rió y media hora más tarde me estaba maquillando y prestándome un traje de lentejuelas rojo para subir al escenario. Canté Sobreviviré. Obviamente.

A la luz del día el ambiente bohemio desapareció, todas las vedettes se pusieron los pantalones para ir a trabajar y yo desperté entre dos Madelmans desnudos y con una resaca perforante severa. Me incorporé apartando tangas, chaparreras y esposas a mi paso. Le di unos minutos al batería de Iron Maiden para que terminase su solo en mi cabeza, me miré en el espejo de la barra y saludé a Masiel. En el sujetador me habían metido una cuenta astronómica que pude o no haberme ofrecido a pagar pero que acabé pagando de todas formas. En los días de resaca el sol sale con fuerza así que antes de irme le robé las gafas de sol al saxofonista que dormía dejando caer su baba sobre los pechos de una Tina Turner asiática.

Mantuve una acalorada discusión con el recepcionista de mi hotel en la Rue Saint Honoré, pensando que la razón de que no me dejase subir a mi habitación era que no llevase zapatos y que el rímel me llegase a la barbilla, hasta que me di cuenta de que hacía días que me había mudado. De todas formas este hotel da asco, dije dando un giro brusco que me hizo caer de bruces sobre un hombre trajeado. Me ayudó a levantarme, me agarró por las muñecas con fuerza  y me miró a los ojos. Era bastante feo pero estábamos en París así que me incliné para besarle. Me pilló desprevenida que se apartase y me dijese que estaba detenida, así que le vomité encima. Si alguien quiere huir de la policía que sepa que un vómito en modo aspersor soluciona la papeleta bastante bien.

Salí corriendo hasta llegar a los Campos Elíseos donde me di cuenta de que era rica y pedí un taxi. Cuando pasé por delante del hotel correcto vi que había más señores de traje en la recepción, impidiendo que me reuniese con el resto de mi dinero. Estaba jodida. Estoy jodida. Se acabó. Volví a La Vie, el único sitio en el que sabía  que no me buscarían, y empecé a escribir para que mi historia fuese recordada. Espero tener tiempo de hacer un ultimo preparativo. Luego me tomaré unas pastillas y saltaré al Sena.

La cárcel no es para mí, no después de haber comido en el Guy Savoy. Y no pienso decirles a esos cabrones dónde está el resto del dinero. Prefiero que se quede olvidado dónde lo escondí antes que se “pierda” en los bolsillos de algún funcionario. Lo único que me pesa es saber que cuando saquen mi cadáver hinchado del río y decidan enterrarme en alguna tumba perdida, nadie me llevará flores. Así que este es el trato: Mandadme flores y tendréis la pasta. Encargadlas enviando doscientos euros a la dirección de paypal floresparairene@yahoraque.pasa y recibiréis un e-mail automático con las instrucciones para llegar al escondite.

Adiós, mis cándidos seres terrenales, pensad que estaré en un lugar mejor. Y corred antes de que se os adelanten.

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