Negocio familiar

 

casa encantada

 

No es que quiera presumir. No es eso. Soy un humilde padre de familia, pero quisiera que se me recordase como un visionario empresarial. Un hombre hecho a sí mismo. Un hombre que, arriesgándolo todo en plena crisis mundial, compró una casa semiderruida en medio de la nada y levantó un próspero negocio que ha alimentado a la familia Ruíz durante años.

Nosotros llamamos a la casa Villa Dolores en honor a mi difunta -y no por ello menos querida- suegra, pero el resto del mundo la conoce como La Casa del Terror. Y hemos trabajado mucho y muy duro para que siga siendo así.

Esta historia comienza, como no podía ser de otra forma, con una tormenta. Una hermosa tormenta de verano.

Me encontraba deambulando por estos lares, ahogado por un calor húmedo y pegajoso, cuando comenzó a llover de forma intempestiva y copiosa.

Corrí un par de kilómetros buscando refugio. Cuando creía que iba a morir de una pulmonía, esta señorial mansión eduardiana apareció ante mí. La verja estaba cerrada por unas gruesas cadenas y un candado oxidado. Lo reventé de un disparo y entré.

Los motivos que me llevaron a este lugar apartado empuñando un revolver son irrelevantes para la historia.

Allí mismo, rodeado de escombros y vigas medio caídas, tuve una epifanía: La gente pagaría por dormir en un sitio como aquel, por sentirse parte de una película de terror ¡Y ni siquiera tendría que restaurarla! Era la mansión encantada perfecta. Si ignoramos el hecho de que no tuviese fantasmas. He de confesar que traté de invocar algunos con las típicas sesiones de ouija ¿Qué puedo decir? Me dejé llevar por el romanticismo.

Cuando llegué a mi casa mi mujer se sorprendió mucho, más incluso que cuando le conté mis planes. Me pareció otra señal del destino que mi hermano se encontrase allí, así pude hacerle partícipe del negocio. Aunque a punto estuve de enredarme en una pelea ¿Cuántas veces tenía que decirle que no usase mi pijama?

Un mes después todo estaba dispuesto. En la curva que había a pocos metros de la entrada coloqué a mi sobrina que había estudiado fuera y sabía decir “En esta curva me maté yo” en cinco idiomas. Mandé instalar sensores que abren y cierran las puertas. Cañones de niebla. Wi-fi. Lo último de lo último.

Mi padre se paseaba en calzoncillos contando historias a los huéspedes. Intenté convencerle de que se pusiese un batín y fumase su pipa junto a la chimenea pero ya saben que a ciertas edades es difícil que la gente cambie sus costumbres. En un momento dado les conducía a la biblioteca dónde yo, después de comprobar sus reservas, les decía: “¿El abuelo? ¡Pero si murió hace años!” A la gente le encantaba.

Mi mujer se vestía de novia y cantaba la canción de nuestra boda mientras perseguía a jóvenes parejas. El cénit de su actuación consistía en aullarles “¡Para siempre, para siempre!”. Mi cuñado paseaba por los pasillos con una grabadora emitiendo sonidos horripilantes. A veces incluso la conectaba.

Incluso mi hijo participaba. Se pasaba las tardes –después de hacer los deberes, claro está- encerrado en una mazmorra improvisada en la sala de té advirtiendo a los huéspedes de que ellos serían los siguientes. Le divertía sobremanera hasta que llegó a la adolescencia. Ahora dice que allí dentro nunca llegará a convertirse en entrenador pokémon. “¡Tú serás director de hotel como tu padre!” le respondo siempre ¡Hijos!

Ya sé lo que pensarán los más extremos pero la gente se asustaba de verdad. Al menos al principio.

La culpa de todo la tiene el telediario. Y Hollywood. Pero sobretodo vosotros. ¿Cómo vamos a asustar a la gente si lo que quieren ahora es sangre y vísceras? Y no os vale que metamos a mi padre tripas de cerdo debajo de la camisa y las saquemos en el momento más inesperado. ¡No señor! Eso es poco creíble, decís. Ya lo he visto antes, decís. Eso no da miedo. Comentemos en twitter la pena que da esto. Grabemos un video  de la mujer del pobre director follándose a su hermano y subámoslo a YouTube. ¿Eso es lo que os gusta? ¿Miserias? ¿Violencia de verdad? No es un problema.

Los Ruiz nos adaptamos a los cambios. Recuerden con quien están hablando. La gente como yo no se achanta por un revés inesperado. No. Nos hacemos más grandes. Discurrimos y nos adaptamos a los tiempos.

Esta noche es la gran reinauguración. Las cámaras están conectadas. Los cuchillos afilados.

Paguen por adelantado.

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Relato envíado al concurso de Zenda

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4 comentarios sobre “Negocio familiar

  1. Desde luego, ese empresario promete unas vacaciones intensas. Muy divertido y un gran final, una certera critica a esa actitud morbosa frente a los contenidos que ofrece internet y que parece ser insaciable. Muy buen relato!

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