Maravillosa criatura

capucha

Charlie era un tipo tranquilo, casi una sombra de persona. Siempre se cubría la cara con la capucha de su sudadera, incluso en verano, y apenas hablaba. Con todo, no podía evitar que le mirasen ya que de su mejilla derecha colgaba, flácido y pendulante, un tentáculo.

Por educación nadie en la oficina le había preguntado qué hacía aquella protuberancia de unos seis centímetros en su cara. Hacía bien su trabajo y no nos inmiscuíamos en su vida. O puede que sintiésemos miedo.

Una vez, Alice se acercó a él con un bote de pomada. Se lo ofreció y se alejó, sin decir una palabra, dándole un alentador apretón en el hombro. Todos apartamos la mirada, tensos. No queríamos ver la cara del pobre diablo si se sentía ofendido. O puede que sintiésemos miedo.

Lo cierto es que, olvidando aquella mucosidad verde llena de ventosas, Charlie era atractivo. Y si llevabas un par de copas incluso daba morbo. En eso estaba pensando en la fiesta de jubilación de Alice cuando me acerqué a él y le susurré al oído:

—     ¿Puedes moverlo?

Inmediatamente dio un paso atrás. Una persona lúcida habría entendido que había sido una grosería y que muy probablemente en su vida hubiese estado tan cerca de una mujer. O de un hombre. Pero la botella de vino que corría por mis venas y yo no interpretamos aquel gesto correctamente y le besamos.

Se puso totalmente rígido pero no se apartó. Le costó trabajo dejar que mi lengua entrase y relajar la suya al compás. Permaneció con las manos en el aire moviéndolas incoherentemente hasta que las cogí y las llevé a mi culo. Cuando la cosa empezó a calentarse, un espasmo sacudió el tentáculo.

—     Lo siento mucho —balbuceó—. No suele… No suelo… Lo siento muchísimo—imploró bajando la vista.

Empezó a explicarme a trompicones su historia pero, sinceramente, no le escuche. Lo saqué del edificio y lo arrastré a un taxi. No sería justo decir en este punto que el calor de aquel Agosto y el alcohol tuvieron la culpa de que me comportase como una loca. Así que no lo haré.

Cuando entramos en su piso estábamos ya medio desnudos. Habría jurado que le di al taxista la dirección de mi casa pero a esas alturas poco podía importar. Eché un vistazo rápido para localizar el sofá -ni me planteaba perder tiempo en llegar a la habitación- pero estaba lleno de libros mohosos. Toda la habitación parecía una biblioteca destartalada en realidad.

Terminé de desnudarme mientras me dirigía a la única puerta que vi y le esperé en la cama. Charlie intentaba torpemente deshacerse de sus pantalones cuando cayó sobre mí. Se me quedó mirando con una mezcla de entusiasmo y confusión.

Me coloqué encima, pensando que nos hacía un favor a ambos al no estar él muy habituado a la situación, pero su forma de agarrarme me sacó del error.

Hubo una milésima de segundo en la que contemplé sus ojos –una galaxia de verdes,  azules y marrones- y pensé que me había enamorado.

Durante un buen rato olvidé quién era Charlie y quién era yo. Durante un buen rato el bueno de Charlie me hizo gritar. Y yo a él. Ni siquiera me importó que entre medias murmurase en latín. O árabe, vete a saber.

No pude dormir después. Estaba demasiado ansiosa, demasiado activa. Charlie si pudo. Respiraba profunda y tranquilamente a mi lado. Pensé que podría acostumbrarme a aquello, a dormir junto a él, a oír su respiración, al tentáculo, al sexo…

Justo cuando intentaba recordar si habíamos usado condón o no, el apéndice extra empezó a moverse.

Me recordó a un gusano retorciéndose bajo un alfiler. Lo acaricié y reaccionó violentamente. No me aparté, tenía un subidón de endorfinas y aquello me parecía parte de un sueño. El tentáculo se aferró a mi dedo. Me deshice de él con relativa facilidad y seguí mirándolo a pocos centímetros de distancia. Charlie seguía dormido.

Estuve un buen rato en esa posición hasta que se me durmió el brazo sobre el que me apoyaba. Me incorporé para reactivar la circulación  y la protuberancia se irguió señalándome como un dedo acusador, siguiendo mis movimientos, hinchándose.

—     Oye —susurré mientras lo zarandeaba, pero no reaccionó.

Aquella cosa tiraba de él, de su cara, de tal manera que la piel se tensaba brillante. Creí que abandonaría su cuerpo, que en cualquier momento se produciría un parto excepcional.

—     ¡Charlie!

En su mejilla empezaron a marcarse venas oscuras que desembocaban en aquel engendro. Podía ver como bombeaban sangre, o lo que fuera aquello, haciéndolo crecer. Me pregunté entonces –y sólo entonces- si había sido buena idea irme con el tío del tentáculo. A modo de respuesta Charlie abrió los ojos. Unos ojos amarillentos y reptiles. Nada de galaxias.

Corrí al salón, cogí el vestido y el bolso a tientas. Si no los hubiese encontrado al primer intento habría salido desnuda a la calle. Había visto suficientes películas de terror como para saber que no hay que pararse a oler las rosas en esos momentos.

Ya estaba girando el pomo de la puerta cuando un escalofrío me erizó los pelos de la nuca y me obligó a girarme.

Charlie estaba allí, quieto en la oscuridad, sonriendo. Sabía que sonreía. Un coche pasó iluminando todo por unos segundos: Sombras con formas imposibles invadían la habitación y le acariciaban, reverenciándole, tentándome.

Huí dejando atrás aquellos horrores que salían de los libros y el mejor polvo de mi vida.

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Historia creada para el concurso de Zenda y preocupantemente inspirada en ESTE cómic…

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