Miércoles

gotero

 

Le dolía todo el cuerpo. Tenía rota una pierna y varias costillas. Los cortes y magulladuras se esparcían estratégicamente para que cualquier postura le resultase incómoda. Pero el dolor era bueno. El dolor pasaría en unas semanas y remitía cada vez que le daban una pastilla. Los recuerdos, por el contrario, embestían sin piedad y convertían en gritos desesperados las palabras del doctor Rabbit.

—     Hemos sido muy comprensivos durante estos días, Claudia —dijo quitándose las gafas y frotándose los ojos con el pulgar y el índice de la mano izquierda—. Entendemos que no haya querido hablar, pero va siendo hora de que responda a nuestras preguntas. Por seguridad.

—     ¿Quiere que le cuente cómo empezó todo? –se oyó decir.

—     No hace falta, sólo que nos hable de cómo se sintió la noche de autos. ¿Qué le hizo comportarse así en el parque?

Frunció el gesto, confundida.

—     Pues… El miedo, supongo.

—     ¿Suele reaccionar así cuando tiene miedo?

Se hizo el silencio. Claudia esperó a que el Dr. Rabbit formulase la pregunta de otra forma. Una que sí tuviese sentido.

—     ¿Suele tener esos… emm… cambios de humor cuando tiene miedo?

—     ¿Si suelo…? ¡Pero qué cojones me está preguntando! ¡No suelo tener ningún cambio de humor por que no suelo vivir la situación que viví la “noche de autos” como usted la llama!

—     Cálmese Claudia, es obvio que está sufriendo otra de sus crisis.

—     ¡¿Crisis?! ¡La madre que…!

Claudia se levantó como un resorte sorprendiéndose a sí misma y al doctor, que de un salto se acercó al gotero y aumentó la dosis hasta que su paciente cayó en un profundo sueño.

Se encontró de repente en su cocina. Su hermana corría hacia ella llorando, enseñándole preocupada algo que llevaba envuelto en toallas ensangrentadas. Al retirarlas vio un brazo gangrenado y supo que aquello no era un sueño, si no un recuerdo. Despertó sudando y buscando un arma. Sólo encontró al doctor Rabbit.

—     Espero que ahora esté más calmada. Quiero que entienda que sólo pretendemos asegurarnos de que puede volver a su casa sin ser un peligro para el resto.

—     ¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado? ¿Estoy enferma, es eso?

La garganta empezó a dolerle por los esfuerzos que hacía para no llorar. Quiso coger el vaso de agua de la mesita pero unas correas se lo impedían.

—     Estamos intentando averiguar qué le pasa, Claudia –el hombre miró su libreta de notas-. ¿Puede decirme qué día es hoy?

Se esforzó por responder correctamente sabiendo que su vida dependía de ello. No podía estar enferma.

—     No lo sé —admitió al fin—. Estoy un poco confundida por todo esto.

Movió los tubos del gotero buscando la compasión del doctor.

—     Hoy es miércoles —resolvió él—. ¿Recuerda cómo se sintió la noche de autos?

Esta vez no dejó que la ira se apoderase de ella, tenía que ser lista y seguirles el juego. Si era verdad que estaba enferma prefería salir por su propio pie y saltar al acantilado. Morir abrazada por las olas y adormecida por las aguas heladas era mucho mejor que los que aquellos tipos tenían pensado para ella.

—     Bueno, usted estaba allí… -contestó con una amplia sonrisa.

El doctor la miró por encima de las gafas ignorando el comentario.

—     No me han mordido. Estoy segura de eso.

—     Esa no es la pregunta.

Claudia respiró dos veces.

—     Tenía miedo –dijo al fin-. No sabía lo que pasaba. Había mucha sangre. Conseguí abrirnos paso y escapamos de aquel infierno.

—     ¿Cómo se abrió paso?

Claudia notaba que la sangre se le agolpaba a borbotones en la cabeza. Le había salvado el culo a aquel tío y a una veintena de personas más. Debería estar recibiendo la puta llave de la ciudad.

Respiró tres veces.

—     Cogí un hacha.

—     ¿Y qué hizo?

—     Abrirme paso, ya se lo he dicho.

Rabbit la miraba con suficiencia desde la silla, disfrutando de la situación.

—     Claudia, se “abrió paso” entre cientos de vecinos y familiares. A hachazos.

—     ¡Estaban enfermos! ¡Intentaban devorarnos!

—     Y la comunidad le agradece su ayuda pero, como ha dicho antes, yo estaba allí. Vi su rostro impasible decapitar y desmembrar a decenas de personas…

—     Me sorprende que viese algo, se pasó toda la noche llorando y gritando.

—     …su hermana, entre ellas. El caso es que nos preocupa su falta de empatía. Otra persona en su situación habría dudado, habría mostrado algún sentimiento.

—     ¡Otra persona en mi situación habría muerto! ¡Todos habríamos muerto! –se frotó las sienes con fuerza-. Esto no está pasando. No está pasando.

—     ¿Cómo dice? ¿Le había ocurrido antes? ¿Le resulta irreal esta conversación?

—     ¡Sí, joder! ¡Claro que sí!

Rabbit escribió un buen rato en su cuaderno.

—     Una última cosa, ¿qué día es hoy?

—     Váyase a la mierda, doctor.

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