Susto o muerte

ruso tatuado

 

Desperté y un ruso tatuado estaba allí. Parpadeé pensando –deseando- que el cóctel de Ginebra y Noctamid me estuviese jugando una mala pasada. Otra vez. Pero, sin darme tiempo a girarme y seguir durmiendo, mi alucinación comenzó a hablar con un perfecto acento inglés. Era un sonido pastoso que me llegaba lejano y se hundía en los algodones de mi cerebro.

—     Buenos días, señor… ehh… Green —dijo el ruso, leyendo el pasaporte que solía estar en la caja fuerte—. Hoy es su día de suerte.

Sonrió, enseñando unos dientes perfectos que no encajaban con el pasado de mercenario que había pensado para él: Dimitri (¿podía un ruso tatuado, acaso, llamarse de otra forma?) había sido entrenado en el arte de la guerra, la tortura y el canibalismo. Desde joven mostró a su maestro que sería su mejor general, su mano derecha, su…

Plas.

—     ¿Me estás escuchando capullo?

El tortazo me pilló desprevenido. Y me defraudó. No era digno de su reputación.

—     Como iba diciendo —Dimitri suspiró y se sentó en la cama—, mis hombres y yo estamos saqueando tu mansión. Lo haremos esta noche y, si no eres un buen amigo, lo haremos un par de veces al año —frunció los labios e hizo temblar su mano tatuada— Más o menos cuando el seguro te page y repongas los objetos de valor. Ahora dime señor Green, ¿somos amigos?

Asentí. No era el discurso de capo mafioso que esperaba pero, joder había un ruso de ciento veinte quilos amenazándome. Le habría dado cualquier cosa. Y en ese momento aproveché para agradecer a Dios el no estar casado.

—     Esto es lo que va a pasar: Nos vamos a ir, esperarás una hora para llamar a la policía, les dirás que te drogamos, que no viste nada, el seguro te pagará y seguirás con tu vida —Sacó un papel pautado del bolsillo y me lo entregó—. Una vez al mes ingresarás veinte mil libras en esta cuenta. Está a nombre de Lilian Grace Smith. Si alguien hace preguntas dirás que la dejaste embarazada. Pero asegúrate de que nadie haga preguntas, ¿Entiendes?

Asentí. Con la luz que empezaba a entrar por la ventana pude verle las arrugas y las canas. El ruso estaba asegurándose la jubilación. Le quedaban pocos años de ejecuciones en callejones, lenguas colgando de tráqueas abiertas (Espera, ¿eso es napolitano?, nunca lo recuerdo…), desmembramientos y demás. Casi me daba pena.

—     A cambio yo, como buen amigo, me aseguraré de que nadie venga en medio de la noche y haga algo peor que llevarse la tele.

Dimitri sacó una pistola. Bastante pequeña. Empecé a desear que se marchara, más por el miedo a que estornudase y se le cayese un peluquín o soltase un gallo en su siguiente amenaza que porque me volase la cabeza. Estaba resultando un ruso tatuado decepcionante.

Permanecí unos veinte minutos tumbado en la cama oyendo como él y sus hombres arrasaban con todo. Mi corazón dio un vuelco cuando entraron en el sótano, pero luego recordé que el día anterior había enterrado el cadáver del dueño de la casa en el descampado. Lo que me recordó a su vez que debía adelgazar ya, si no antes. ¿Cómo podía haberme confundido con esa bola de sebo? Joder, Dimitri…

 

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