sin estrella

alma oscura

Siempre que una mujer le abandonaba, Roberto lamentaba su mala suerte. No era un tipo guapo, con su porte de esqueleto desgarbado y esas ojeras que le hacían parecer siempre enfermo, ni tampoco era muy inteligente. Los profesores siempre habían tenido que repetirle la lección varias veces hasta que él fingía entender o ellos acababan por ignorarle. Tardó mucho en conseguir juntar las letras que se le escapaban del papel y aún ahora le costaba escribir o leer una frase de seguido. Soñaba, a pesar de todo, con leer algún libro importante para poder discutir sobre él con algún gran hombre y demostrar que sí tenía algo en esa alargada cabezota.

Nació en una casa sin tejado. Sólo las habitaciones estaban cubiertas de una mezcla incomprensible de barro, revistas viejas y restos de desguace. Su primer recuerdo era el de su dedo gordo aplastando una cucaracha. De niño se pasaba horas así. Crac, crac, crac. Le fascinaba ese sonido y la sustancia viscosa que se desparramaba de sus pequeños cuerpecitos. Cuando aplastaba una especialmente grande corría a avisar a su mamá. Como casi siempre estaba dormida, nunca pudo celebrar con él esas pequeñas victorias.

Cuando la encontraba así, tan profundamente dormida que sus gritos llamándola y sus zarandeos no conseguían despertarla, la cubría con su bata de raso descolorida y comprobaba si su nuevo amigo le había dejado caramelos en la mesilla de noche, junto a los billetes. Algunos lo hacían. Algunos eran amables.

Sólo pensaba en las cucarachas cuando pasaba mucho tiempo sin que Estrella llamase. Le había explicado que estaba ocupada, que ahora tenía otra vida pero que no dejaba de pensar en él. Usaba palabras complicadas para confundirlo y evitar que él hiciese más preguntas pero no podía dejar de amarla. A pesar de que a veces se le desdibujase su rostro y comenzase a hiperventilar creyendo que ya no la recordaría más. A pesar de las otras.

Estrella había sido su primera amiga, su primer amor, su primer y último latido. Había sido con ella con la que había descubierto que lo que había pasado en la furgoneta, dijesen lo que dijesen los otros chicos, no lo había vuelto marica. Sólo con recordar cómo lo miraba aquella primera vez bastaba para provocarle una erección y mantenerlo entretenido lo suficiente como para olvidar que quizá –muy probablemente- ella nunca regresaría a su lado.

La conoció poco después de que su madre muriese por una sobredosis. O quizá fuese por la paliza de un cliente descontento, nunca lo recordaba.  Una mujer de traje vino a recogerlo. No lo tocó en ningún momento y le hizo esperar un buen rato mientras forraba con papel de periódico el asiento del coche. Después de una hora en silencio llegaron a un edificio de ladrillos, le dijo “Bájate” y otra señora, rechoncha y medio calva, lo recogió para minutos después darle una ducha de agua hirviendo.

Estrella se quedó todo el rato en el quicio de la puerta, mirándolo divertida. No cruzaron ni una palabra, sólo miradas que Roberto temía malinterpretar, hasta que un día recogió un montón de flores silvestres que crecían en el patio del orfanato y se las regaló. Estaban cubiertas de una fina capa de hollín de los coches que pasaban a toda velocidad por allí, pero a ella no pareció importarle. Estrella sonrió y su mundo se detuvo. Él sonrió y nunca más se separaron. Nunca, hasta la noche en la que ella se fue.

Aunque le dolió, había pasado por bastante en su corta vida como para comprender que era lo mejor para ella. Aquel no era un buen lugar. Cuando comenzó a recibir sus llamadas telefónicas fue como si nunca se hubiese ido. “¿Dónde estás?”, quería saber él. “No puedo decírtelo”, siempre contestaba ella. Los años allí pasaron lentos entre castigos de los monitores, palizas de los otros niños y sonrisas fingidas a desconocidos que buscaban huérfanos más jóvenes, más sanos, más rubios… a pesar de todo ella siempre se las ingeniaba para contactar con él.

Pero habían pasado meses desde su última llamada y eso le entristecía. Y le hacía pensar en las cucarachas. El crac-crac-crac le relajaba. Cuando su madre tenía un cliente especialmente ruidoso aplastaba cucarachas y se obligaba a concentrarse sólo en eso. Crac-una-crac-dos-crac-tres.

Pero después del incidente en la furgoneta había sonidos que no conseguía silenciar. En su cabeza rebotaban los cruelmente rítmicos empellones de aquel hombre. Los días especialmente malos podía oler su sudor, notar el peso de su enorme barriga sobre su enclenque cuerpecito, oír los gemidos de uno y los lamentos del otro que llegaban a confundirse. Esos sonidos no podían taparlos las cucarachas.

Estrella lo sabía. Ella sabía todo eso y mucho más y, aun así, no lo había abandonado. Al menos no del todo, no como las otras.

Salió de la casa, aquella que había sido su primer hogar, y deambuló por las calles en busca de una mujer que le apaciguase el cuerpo y el alma. Sabía que Estrella no lo aprobaría, que diría que no estaba bien, pero imaginaba que sólo eran celos y, aunque jamás lo reconocería, le encantaba que ella sintiera una parte de lo que había sentido él cuando lo abandonó.

No tuvo que caminar mucho para encontrar compañía. Un tipo le había dicho que aquella barriada era como un rió: “Todas estas putas han sido antes niñas de la zona que abandonaron el nido cuando podían ganar buen dinero paseando sus culos en la ciudad, ahora que se les han caído vienen a morir aquí como los salmones”.

El salmón que escogió Roberto no era hermoso ni fresco, pero serviría para apagar los recuerdos de cucarachas, furgonetas y empellones. Le hizo un gesto y la mujer se tambaleó hacia él con los ojos entrecerrados. “¿En qué puedo ayudarte, amor?”. Odiaba cuando le hacían hablar. Estaba claro lo que quería y que lo conseguiría por cualquier cantidad que tuviese en el bolsillo. Le aburría perder el tiempo así. Sobre todo en los días malos.

Cuando era niño, antes de conocer a Estrella, y los recuerdos de aquel hombre le sobresaltaban perseguía a los gatos que se amontonaban en la casa contigua a la suya. Si conseguía atrapar a uno lo abrazaba tan fuerte como podía. El animal se resistía, le arañaba y maullaba como si le arrancasen el alma. El gritaba también y por un momento los sonidos, los olores, desaparecían dejando sólo un placentero zumbido en sus oídos.

El timbre de su móvil lo asustó. El salmón ni siquiera abrió los ojos. “¿Qué haces?”, era Estrella. “Estaba a punto de relajarme”, dijo tocando suavemente el mentón de la puta, como si ella pudiese verle. “Sabes que no me gusta cuando haces eso”. Roberto torció la boca en un amago de sonrisa, “Entonces ven a verme y me ayudas tú a olvidar”. Ella suspiró: “No puedo, te lo he dicho”. “Adiós” sentenció él. “Roberto, no…” Colgó antes de que terminase.

La conversación le había puesto bastante cachondo así que se limitó a arrastrar a la mujer detrás de un container sin mediar más palabra. A ella no pareció importarle. Su cuerpo estaba decrépito y olía a orines pero no consiguió desmotivarlo, en su cabeza aquella puta era Estrella y aquel día era su primera vez.

Fue un día de navidad y fuera nevaba, o eso recordaba Roberto. Habían conseguido colocar a casi todos los niños en hogares de acogida, aunque ambos sabían que los devolverían al mes siguiente como si de cachorros se tratase. Los monitores estaban en sus casas, sólo quedaba uno de guardia y estaba durmiendo la mona en el sillón. En la televisión salían unas ardillas cantando villancicos. Ellos se besaban en una de las habitaciones del piso de arriba.

Estrella le había confesado que aquella no era su primera vez pero que las otras no contaban, que esta era distinta porque ellos se querían como en las películas y que después se casarían y tendrían hijos que no abandonarían. Sólo tenían que aguantar unos años pero, si tenían suerte y la dejaba embarazada, podrían irse y alejarse de toda esa gente horrible.

A Roberto le conmovió el futuro que Estrella ponía ante sus ojos pero, aunque se esforzó más que en toda su vida, no se le ponía dura. No dejaba de oír gemidos, golpes y cucarachas. Se quedaron un buen rato desnudos, abrazados en la cama, hasta que él habló y le contó su secreto para hacer callar los recuerdos.

Le contó, también, que en una de las cacerías pasó algo inesperado: el gato dejó de moverse y aullar. En ese momento descubrió un nuevo tipo de silencio. Uno en el que todo lo que estaba a su alrededor se paraba, se callaba, pero que a la vez lo hacía consciente de cada uno de los latidos  de su corazón, que formaban una melodía como ninguna otra.

La animó a probarlo, se ofreció a cazar un gato o un perrito para ella. Aprendería a sobrevivir como él, los años de condena que les quedaban se harían más cortos y, cuando dejasen a toda esa horrible gente atrás, su futuro podría ser tan brillante como el que ella contaba.

Se emocionó tanto al compartir con su amor el más íntimo de sus secretos que no se percató de la cara de horror de Estrella que salió de la cama y retrocedió hacia la puerta sin atreverse a darle la espalda. “¿Qué pasa?”, dijo el acercándose, “No puedes hablar en serio…”, balbuceó ella. “No pasa nada, son solo gatos, no sienten dolor” mintió él. Roberto la abrazó muy fuerte “No pasa nada”, repitió. “Suéltame, por favor. ¡Suéltame!”. Él la dejó ir y ella salió corriendo.

Lo siguiente que oyó fue un grito y varios golpes sordos. Se asomó a las escaleras y vio el cuerpo de Estrella retorcido como un ovillo junto al patinete de uno de los otros niños. Bajó despacio, contemplando la imagen de su cuerpo desnudo y admirando su belleza. Cuando llegó hasta ella supo que había descubierto un silencio nuevo y que tenía una erección.

El adulto que estaba de guardia se despertó por los gritos y gemidos. Después de que asimilase lo que estaban viendo sus ojos lo apartó del cuerpo de Estrella y lo empujó contra la pared. Roberto le pidió que le dejase llevársela, que era su mujer y que él no tenía derecho a tocarla. El hombre le dio un puñetazo, y luego otro, y un tercero, hasta que perdió el conocimiento.

Cuando lo recobró estaba en su cama y la policía en el salón. “Necesitamos ropa de la chica para los perros. ¿Era el único en la casa?”, oyó decir a un agente. “Sí, debió de aprovechar mientras estaba cuidando del otro chico, se ha metido en una pelea y… De todas formas, yo no perdería mucho el tiempo, ya se ha escapado de otros centros. Seguramente volverá en un par de días.”, decía el monitor mientras cerraba la puerta. Unos pasos furiosos subieron las escaleras y se acercaron a la habitación de Roberto. “Aquí no ha pasado nada, ¿entendido?”, dijo el hombre soltando espumarajos por las comisuras de la boca, “Me quedan dos telediarios aquí y no voy a dejar que me salpiques con tu mierda, cabrón degenerado”.

La puta estaba inmóvil con las piernas abiertas y la mirada apagada fija en algún punto del universo. Esta le había abandonado demasiado pronto, ni siquiera había llegado a correrse.  El móvil volvió a sonar. “¿Qué quieres ahora?”, gritó, arrepintiéndose al instante. “Si vuelves a hacerlo dejaré de hablarte”, contestó ella llorando. “No lo harás”. Roberto guardó el móvil en su bolsillo sin molestarse en colgar. Hacía años que estaba sin batería.

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