En la sala de espera

dientes

Mi señora madre solía decir que hay que hacer cuanto antes aquellas cosas que más se temen. Supongo que por eso se casó con mi padre.

Haciendo honor a la memoria de tan ilustre mujer me dirigí al dentista más cercano después de sufrir durante tres noches los punzantes dolores de muelas que amenazaban con arrebatarme el sueño y la cordura.

El piso en el que se encontraba la consulta estaba medio derruido por las bombas de una guerra que había acabado hacía ya años pero de la que nos recuperábamos lenta y pesadamente. Siempre cuesta renunciar a los viejos tiempos.

Aún en el terrible estado en el que se encontraba el edificio, mi corazón no latía de aquella manera por el miedo a subir de dos en dos escalones derruidos, ni por tener que probar mi flexibilidad esquivando vigas. Mis temores eran más primarios si cabe. Temía a lo desconocido. Y es que en mis treinta años de vida no había puesto un pie en semejante sala de tortura.

Había oído historias, claro, y todas ellas venían a mi mente conforme subía los tres pisos: grandes púas, ganchos de carnicero, extravagantes cantidades de sangre, moretones permanentes y, en definitiva, dolor.

Esos pensamientos  me hicieron preguntarme qué tipo de dolor prefería: el que tenía ahora que me atormentaba, sí, pero que ya conocía y había aprendido a querer; o uno extraño y nuevo que duraría, con suerte, unos días. En esa reflexión tan profunda y vital me encontraba cuando una mujer abrió la puerta. El destino, nuevamente, había elegido por mí.

Entré a una diminuta sala abarrotada de figurillas y cuadros espantosos que estaba amueblada con cinco sillas. Me senté en una de las tres que aún permanecían vacías, lo suficientemente alejado de los otros dos individuos. Ese gesto tan prudente no pareció amedrentar a uno de ellos que, ni corto ni perezoso, se levantó y ocupó la silla contigua a la mía.

—     ¿Se ha fijado?

Me había fijado en lo incómoda que era la situación y miré descaradamente al lado opuesto al que se encontraba el hombre con la esperanza de que se diese por aludido.

—     Todas esas figuras religiosas y esos cuadros del rey… Está claro que todos los dentistas cojean del mismo pie, ¿eh? —dijo reforzando su teoría con un codazo. Claramente no se había dado por aludido.

—     Sí, cierto —contesté con un hilo de voz mirando de reojo al tercer paciente. No sería yo quien criticase religión o monarquía delante de desconocidos.

—     No me mal interprete. Yo soy un hombre decente. Hago lo que tengo que hacer. Voy a misa los domingos y tengo un retrato del rey en mi salón. Pero, admitámoslo, todo “esto” —dijo señalando con una mano lánguida a su alrededor— es una soberana pamplina.

Me erguí nervioso. Aquella conversación debía terminar. No acabaría en una cárcel o fusilado por la verborrea imprudente de un desconocido.

—     ¡Cálmese! —dijo riendo— Ese tipo no entiende ni papa. ¡Esa es otra! Desde que ganaron la guerra estamos inundados de extranjeros. ¡Verdaderos creyentes les llaman! Hace mil y pico años los habríamos echado de aquí a pedradas y con aceite hirviendo… Pero son otros tiempos, ya ve.

Miré al tercer hombre. Era una masa inmensa, fofa, hinchada y descolorida. Parecía que hubiese pasado demasiado tiempo al sol y se hubiese echado a perder. Su mirada de lenguado permanecía fija en uno de los retablos, uno especialmente macabro para mi gusto, lleno de pecadores ardiendo en llamas. Extranjero, efectivamente, y sin muchas luces. Pero aun así…

—     Discúlpeme pero no me encuentro bien —concluí tocándome la mejilla con un gesto de dolor.

Es extraño cómo los miedos se superponen unos sobre otros: cuando el doctor abrió la puerta para hacer pasar a mi parlanchín acompañante sólo pude respirar aliviado, olvidándome de las torturas que me esperaban.

El hombre se levantó como un resorte y, para mi sorpresa, alzó la mano derecha en un inequívoco gesto que desdecía lo anteriormente hablado y antes de salir gritó:

—     Postrémonos ante nuestro señor Cthulhu y el verdadero y único Rey Amarillo.

El dentista, que parecía muy complacido con él, me dedicó una mirada de reproche a la que respondí levantando mi mano derecha, repitiendo el gesto de mi compañero.

El sonido de un cloqueo me hizo girarme hacia el extranjero. Todo su cuerpo temblaba en espasmos. Apunto estuve de levantarme para buscar ayuda cuando me di cuenta de que se estaba riendo. Aparté la vista para evitarme la imagen de ese cuerpo escamoso sacudiéndose apenas a un metro de mí mientras esperaba impaciente mi turno.

Sí, es extraño cómo los miedos se superponen unos sobre otros.

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