Esteban Pérez ha muerto

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ESTEBAN PÉREZ HA MUERTO

 

Las palabras pasaban por la pantalla de mi televisor lentamente, dejando que asimilase la información: Esteban Pérez, el ex presidente que había conseguido acabar con la piratería, con la pornografía infantil y demás crímenes asociados con Internet, había muerto a los ciento tres años.

Resoplé y maldije su inoportunidad. Ahora se pasarían todo el fin de semana recordando su vida, cancelarían la programación habitual, el acceso a las páginas básicas se restringiría y sólo podríamos ver artículos sobre ese tío.

Menudo aburrimiento.

En la tele dieron paso a los informativos que contaban cómo el héroe nacional había fallecido “tras una larga lucha contra una grave enfermedad” ¿Por qué nadie decía nunca cáncer?

Iban a rememorar su vida desde sus humildes comienzos así que me lancé a buscar distracción en la Tablet. En ella, al igual que en el móvil y en el ordenador se podía leer que Esteban Pérez había muerto y que guardarían unos minutos de “silencio” por él. Lo que se traducía en que estaríamos sin conexión hasta que a los jefazos le pareciera que ya habían cumplido.

Me levanté a coger el Kindle para leer un poco. Iba por el 56 por ciento de la última novela de mi autora favorita y la historia se estaba poniendo interesantísima, al minuto empezaron a saltarme comentarios sobre Esteban Pérez:

“Se va uno de los grandes”; “Nunca podremos agradecérselo lo suficiente”; “¿Cómo despedirse de un hombre que ha consagrado su vida a proteger y servir a sus semejantes?”

Creía que los tenía deshabilitados. Debí activarlos para comentar con el resto de lectores el último giro inesperado en la novela. La característica de “Lectura en equipo” tenía sus ventajas, como poder compartir la experiencia con otros lectores que van por tu mismo porcentaje para así no arriesgarte a spoilers indeseados, pero siempre se colaban algunos trolls o, como en este caso, mensajes propagandísticos que por fuerza venían de arriba ya que no había conexión.

 Apagué el libro. No iban a parar en un buen rato y no creía que me dejasen desactivarlos en ese momento.

En las noticias no dejaban de pasar videos de Esteban Pérez dando discursos sobre la honradez, la cultura, la seguridad en las redes… Me acordé de pronto de mi abuelo y sus historias.

—     Hace mucho tiempo —solía decir—, mucho antes de que tu nacieras, mucho antes de que tu madre naciese, Internet era infinito y eterno. Intentar dominarlo era como intentar ponerle puertas al campo. Era la definición de libertad.

No entendí lo que quería decir. ¿Cómo íbamos a poder utilizar Internet sin ningún control?, ¿Es que antes no entendían los peligros que entrañaba el poner tus datos en un lugar público sin que el gobierno los protegiese?, ¿Por qué el abuelo hablaba de esos tiempos como si fuesen mejores?, ¿No recordaba que su generación estuvo a punto de acabar con la literatura, la música y toda expresión artística?

Cuando fui un poco más mayor, lo suficiente para replicarle a ese hombre que me hablaba cómo si hubiese visto la cara oculta de la luna y se quisiese guardar el secreto, le hice todas esas preguntas.

Él sonrió cansado y me respondió con otra:

—      ¿Cuándo fue la última vez que dijiste lo que pensabas de verdad, sin preocuparte de las consecuencias?

No contesté. Pensaba que intentaba confundirme al haberle expuesto yo argumentos tan sólidos. O que simplemente empezaba a chochear.

Le echo tanto de menos.

La presentadora del telediario mostraba un gráfico en el que aparecían las cifras de crímenes informáticos y su descenso al habilitarse cuarenta años atrás el NIPP o Número IP Personal.

—     Una idea tan simple —decía la mujer— cómo que todo aparato susceptible de ser conectado a Internet llevé un número identificativo que lo relacione directamente con su dueño, desde el día en que nace hasta su muerte, ha salvado tantas vidas y ha evitado tantas desgracias.

Cuando mi abuelo era joven cualquiera podía comprar un ordenador “anónimo” y usarlo sin ningún pudor. Ahora, la venta de aparatos “conectables” estaba restringida.

Recuerdo cómo en el instituto los profesores llamaron a capítulo a uno de mis compañeros, que compartía las ideas anarquistas del abuelo, amenazándole con que si su actitud persistía no le concederían la actualización de su ordenador y no aprobaría si continuaba llevando trabajos sacados de enciclopedias de papel que habían quedado descatalogadas hacía décadas.

—     Pero sin duda el gran logro de Esteban Pérez —continuaba la presentadora— fue su Ley Mundial Contra los Delitos Informaticos. “El político más grande que ha tenido este país” así es cómo lo definió usted, señor Nuñez, en más de una ocasión.

Mostraron entonces la pantalla dividida en dos: en una mitad aparecía la periodista y en la otra un anciano que asentía desde el salón de lo que parecía una mansión.

—     Y lo diré siempre. Su visión única, su manera de dialogar con los representantes del resto de países. Consiguió poner de acuerdo a potencias tradicionalmente enemigas para trabajar unidas por el bien común.

—     ¿Qué le diría a esa minoría que critica la privatización de Internet?

—     Esos son unos hippies que no entienden cómo funcionan las cosas en el mundo real. Seguro que si escarbamos un poco descubriríamos a una panda de pederastas deseosos de que dejemos a nuestros hijos desprotegidos.

La mujer asentía vehementemente, casi hipnotizada.

Privatización. Cuando mi abuelo oía esa palabra alzaba el puño y cantaba La Internacional. Mi madre se desesperaba intentado hacerle callar para evitar que acabásemos perdiendo puntos de ciudadanía. Son mis recuerdos más divertidos.

La gran idea de Esteban Pérez la habíamos estudiado en clase cientos de veces: Limitar el contenido de Internet a varios billones de Supra Teras.

A cada país se le asignaría una cantidad fija y no negociable de información que podría colgar en la red. El gobierno de cada país alquilaría ese espacio a empresas y particulares, de tal manera que si alguien subía contenido ilegal sería eliminado y penado.

Les llevó años acabar con redes secundarias y el llamado “Internet Oculto”, pero fue relativamente fácil una vez todos los gobiernos accedieron.

La gente se quejó, se manifestó y finalmente aceptó una ley que se vendía como una forma de frenar el terrorismo, la pederastia, el bullying, el robo de identidades y demás.

Los pocos indecisos callaron cuando se crearon las Listas Sucias. En ellas se recogían miles de nombres de personas que habían cometido crímenes informáticos. No se especificaba si eran pederastas o simplemente alguien que se había bajado una película, de ahí su nombre, ya que todo el que estuviera en ellas quedaba “manchado”.

Años después de que Internet fuese propiedad de los gobiernos llegó la privatización. Se dijo que impulsaría la economía, que los precios del ADSL bajarían y que democratizaría el uso de la red. A los pocos meses Internet en España era propiedad de cinco empresas, tres de ellas extranjeras, que inundaban de publicidad los escasos contenidos. El gobierno poseía una pequeña parte dedicada a bibliotecas públicas, enciclopedias online, el BOE y una web de divulgación científica. Esta última llevaba años sin apenas actualizaciones.

—     ¿Cómo explicas, mujer, que en los últimos cincuenta años no se haya avanzado ni la mitad de lo que se avanzó en los veinte primeros años del siglo? —preguntaba muchas veces mi abuelo a mi madre.

—     No digas tontería Papá: Hemos llegado a Marte, se ha erradicado el SIDA y casi han dado con la cura del cáncer…

—     ¡Casi! ¿Te parece normal? ¿Y Marte? ¡Ya debería estar pasando mis vacaciones allí! Lo pisaron y se largaron pitando, les interesa más sacar petróleo de la fosa de las Marianas ¿Y por qué cojones no hay coches voladores? Toda esa mierda de la privatización de Internet… ¡Ya no se comparten ideas! ¡Nadie puede pensar nada sin que no lo filtre antes el gobierno! Y si no eres hijo de uno de los jefazos de las quince multinacionales que lo dominan, ¡olvídate de prosperar!

—     ¡Pero vamos a ver! ¿A ti te falta de algo en esta casa?

Y así durante horas.

Cuando murió, la casa se quedó tan silenciosa… Mamá siempre dice que le prescribieron la Eutanasia antes de tiempo por sus ideas. Pregunté una vez en un foro médico si eso sería posible. Mi pregunta fue borrada al instante. Lamenté haber gastado esos dos euros para nada.

El informativo dio paso a un TV movie sobre la vida del ex presidente. Apagué el televisor.

Debería hacer algo. Debería hablar con esas chicas que dejaron los panfletos en la universidad. Debería sacar el diario del abuelo e intentar que lo publicasen. Debería luchar por decir lo que me venga en gana. Debería…

 

BEEP BEEP. TIENE. UN. MENSAJE. NUEVO.

 

¡Por fin! La conexión había vuelto.

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6 comentarios sobre “Esteban Pérez ha muerto

  1. Que gran relato Iracunda. Me ha recordado a 1984 de Orwell en cuanto a control de la información se refiere. La idea “Lectura en equipo” me ha encantado, jeje, sería muy divertida. Un abrazo.

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