Bajo el arco iris

dorothy

No recuerdo qué tiempo hacía el día en el que murió mi tía, puede que lloviese a cántaros o puede que hubiese un sol radiante. Tampoco recuerdo qué estaba haciendo cuando sonó el teléfono ni quienes compartían conmigo el vagón del tren que me llevó a la granja. Sólo recuerdo pensar en cómo nunca llegas a conocer del todo a alguien, cómo nunca puedes estar seguro de que no vaya a levantarse una buena mañana y destrozarle el cráneo a su mujer con una pala.

El ataúd de tía Emma permaneció cerrado durante el velatorio por razones obvias. Aun así no dejé de imaginar su dulce rostro aplastado y ensangrentado mientras todos los vecinos se acercaban a darme sus condolencias y a preguntarme dónde trabajaba ahora, si iba aquedarme en el pueblo, si pensaba vender la granja, si sabía dónde guardaba mi tía la licuadora que le había prestado…

Cuando todo acabó y me quedé sola en esa pequeña habitación que formaba casi la totalidad de la diminuta vivienda, se acercó a mí el sheriff Fleming. No había reparado en él pero estaba segura de que, como buen amigo de mis tíos, había estado allí en todo momento.

—     Dorita —di un respingo al oír el mote que me había puesto mi tía—, sé que no es buen momento. Puede que no haya un buen momento para esto… Debemos hablar de tu tío.

No esperaba que nadie se atreviese a nombrar a ese hombre con el cuerpo de mi tía aún caliente.

—     He traído estos papeles para que los firmes. Son la solicitud de ingreso permanente de tu tío en Everwoods —continuó el sheriff.

—     Deje de llamarle así. Deje de decir que el hombre que le ha hecho esto a tía Emma es tío mío —dije señalando el ataúd.

—     He hecho un informe que confirma la actitud extraña de tu… de Enrique estos últimos meses, pero necesito que firmes la autorización para que permanezca en ese centro y no lo envíen a una prisión. Es un hombre mayor…

—     Es un asesino.

El sheriff Fleming se colocó bien los pantalones y se llevó las manos a las caderas igual que cuando era una niña y me pillaba robándole manzanas a la señorita Gulch, pero esta vez su cara se convirtió en una máscara congestionada que soltaba espumarajos por la boca.

—     ¡Maldita mocosa! Este hombre ha cuidado de ti como una hija cuando pudo haberte dejado en un orfanato estatal sin que nadie se lo hubiese reprochado, ha aguantado tus escapadas adolescentes y tu… tu… incidente. ¡Tú más que nadie debería entenderlo!

Se dirigió a la puerta y, antes de salir cerrándola de un golpe, dijo:

—     Deberías ir a verle mañana. Se lo debes.

No puedo decir que en ese momento se hiciese la luz en mi cerebro y comprendiese que pecar es humano y perdonar divino. Seguí odiando al tío Enrique, en ese momento más que nunca, y aún hoy le odio por lo que hizo. Lo único que consiguió el sheriff con su discurso fue que me apeteciese aún más liarme un canuto.

Salí de la casa y la rodeé para buscar la entrada al refugio anti-tornados. Me fastidió que estuviese cerrada pero recordé entonces que nada me impedía fumar dentro de la casa, que nadie entraría inesperadamente y me pillaría. Ni siquiera tenía que abrir las ventanas después. Me sentí terriblemente sola.

Me desperté cuando ya era noche cerrada tumbada en la cama de mis tíos, arropada por la descolorida colcha que aún olía a ella. Aturdida aún, busqué a tientas la luz de la mesilla de noche. Después de tres intentos me vi obligada a salir a buscar el viejo generador y darle una patada para hacerlo funcionar de nuevo. Algo que me había enseñado el tío Enrique, por mucho que me doliese.

A la vuelta respiré el frío aire de la noche y supe que al día siguiente llovería. Por un momento pensé que quizá no fuese una idea descabellada volver a la granja, volver a casa y vivir cómo solíamos: trabajando duro sin tener tiempo para pensar en otra cosa que no fuese los guisos de tía Emma, las canciones y los cuentos antes de acostarme…

El mismo aire frío me golpeó el rostro y me devolvió a la realidad. La granja estaba en ruinas, apenas quedaban animales que atender y ya no volvería a probar los guisos de mi tía. Una punzada de culpabilidad me atravesó el estómago.

Levanté la vista hacia la colina dónde estaba mi viejo álamo, en el que aún se veían los restos de los tablones que habían formado una casita y la cuerda de la que solía colgar un neumático. Junto al árbol se recortaban tres figuras. Tres hombres absurdamente altos con largos abrigos de piel.

Cuando se dieron cuenta de que los había visto, desplegaron sus falsos abrigos formando unas enormes alas de murciélago y levantaron el vuelo. Corrí desesperadamente hacía la casa mientras oía sus alaridos sobre mi cabeza.

Cerré la puerta sabiendo que eso no los detendría, que no habría viga lo suficientemente gruesa para atrancarla y esperé a que entrasen. Intenté calmarme recordando que me necesitaban viva, aunque me quisiesen muerta.

Pero no pasó nada.

Amaneció y yo permanecía de pie, totalmente rígida, contra la pared del fondo de la sala de estar. Unos golpes en la puerta detuvieron mi corazón por un instante.

—     ¿Dorita? —preguntó un hombre al otro lado.

Reconocí la voz de Leoncio y todo mi cuerpo se relajó en una convulsión dolorosa.

—     Deberíamos echar la puerta abajo —sugirió otra voz.

—     Estoy aquí. Salgo ahora mismo.

Mientras caminaba los siete pasos que me separaban de la puerta estuve a punto de caer al suelo en dos ocasiones pero para cuando la abrí ya me había repuesto, al menos creía que lo suficiente para que los chicos no sospechasen que algo andaba mal.

—     Hola chicos —dije en un tono demasiado alegre.

En el umbral, Leoncio, Achicoria y Hunk me miraron suspicaces y se abrieron paso.

—     Creo que voy a hacer café —dijo Hunk después de olfatear el ambiente.

Los chicos habían sido peones en la granja desde que eran unos adolescentes y me habían cuidado como hermanos mayores hasta que me fui sin despedirme. Me había preguntado dónde estaban durante el entierro, pero secretamente me alegraba el no tener que hacer frente a los reproches de años de ausencia.

—     Sentimos no haber estado en el entierro Dorita —dijo Leoncio retorciéndose su sombrero.

—     Han pasado muchas cosas en los últimos meses. No terminamos muy bien aquí —explicó Achicoria.

—     ¿Cómo que “no terminasteis muy bien aquí”? —quise saber.

Se miraron temerosos de la respuesta. Fue Hunk el que, al amparo de la cocina, contestó:

—     Tío Enrique nos echó hace meses.

—     No se lo tuvimos en cuenta en ningún momento, a ninguno. No estaban bien. No desde la fiesta del Eclipse—se apresuró a aclarar Leoncio.

—     ¿Qué pasó?

—     Es difícil vivir aquí, prácticamente aislados… El viento. Vuelve loca a la gente.

—     Tía Emma se volvió más callada y tío Enrique empezó a sospechar de todos —dijo Achicoria al ver mi desconcierto—. Creía que le robábamos animales, que nos metíamos en la casa por las noches y cambiábamos cosas de sito. Cerró el refugio para que no pudiésemos entrar. En plena temporada de tornados.

Quizá esa era la explicación. No sería el primero en volverse loco y acabar con su familia. Puede que fuese una especie de tradición de los Gale.

Los chicos se ofrecieron a quedarse en sus antiguos barracones y ayudar con la granja hasta que decidera qué hacer con ella. Mientras ellos se ponían a trabajar yo les pedí prestada la furgoneta. Tenía que aclarar mis ideas antes de marcharme otra vez.

La tormenta me sorprendió a medio camino de Everwood. Arreciaba y me impedía ver bien la carretera forzándome a ir despacio a pesar de haberla recorrido cientos de veces. Pensaba en qué decirle al tío Enrique, en si debía hablarle tan siquiera, en si lo de la otra noche había sido algo más que una alucinación por la María, en si no sería mejor coger la autopista y alejarme para no volver cuando un bulto negro me cortó el paso.

Frené a tiempo de no llevarme por delante a la señorita Gluch. Maldije y maldigo mis reflejos por ello. El cuervo marchito y encorvado vino hacia mí gritando:

—     ¡Maldita niña! ¡Casi me matas! Da gracias a que estás de luto por tu tía si no te demandaría.

—     Buenas tardes señorita Gulch, si me disculpa —dije llevando la mano a la palanca de cambios.

—     Espera —dijo ella mostrando una sonrisa torcida que todo el pueblo había aprendido  a temer—, ¿cuándo vas a irte de la granja?

—     No he decidido aun lo que voy a hacer. Puede que me quede, compre muchos cerdos y los lleve a pastar al lado de su casa.

La señorita Gulch echó la cabeza hacia atrás y mostró aún más sus dientes.

—     No hay nada que decidir. Quiero que mañana mismo abandones mi granja.

—     ¿Disculpe?

—     Ya me has oído —se dio unos segundos para disfrutar del momento y añadir: Esa granja pertenecía en usufructo a tus tíos. Ahora que Emma ha muerto y Enrique está incapacitado ha vuelto a estar a la venta. Esta misma mañana he tramitado la compra.

Arranqué salpicándola de barro. Se miró unos segundos perpleja pero luego comenzó a reír como una maniaca. Su imagen había desaparecido del retrovisor pero su risa seguía oyéndose alta y clara.

Llegué a Everwood con un dolor de cabeza que no me permitía pensar así que, antes de entrar y enfrentarme a tío Enrique, decidí fumarme un porro detrás del edificio. Conocía muy bien la clínica, había pasado una temporada allí después del “incidente” que es cómo el pueblo llamó a mi crisis nerviosa. Sabía dónde estaban los puntos ciegos de las cámaras y tenía una pared favorita dónde no ser molestada.

Llevaba tres caladas cuando el profesor Maravilla apareció.

—     ¿Quieres que te lea el futuro?

—     No, gracias, profesor.

Me sorprendió que siguiese vivo. Cuando ingresé en Everwood el llevaba unas semanas allí. El diagnóstico era esquizofrenia paranoide, pero el profesor Maravilla mantenía que el director de la clínica se la tenía jurada por haberle estafado cinco mil dólares. Durante los meses que pasé allí fui testigo de la degeneración de su mente. No creía que hubiese podido sobrevivir todos esos años a los “tratamientos” del buen doctor.

—     ¿Qué tal todo por aquí? —dije apiadándome de esa pobre alma.

—     Distinto. Isis y Osiris han dejado de hablarme. No me gusta. Algo no anda bien.

—     Puede que sólo se hagan de rogar.

Levanté una mano para ofrecerle consuelo, después de todo él me había hecho entrar en razón en innumerables ocasiones y había frenado muchos de mis intentos fuga, pero cuando le toqué el brazo se apartó de mí.

—     Estás marcada —dijo y se marchó corriendo.

Todo se había ido a la mierda en el pueblo. A cado paso que daba se abría una nueva herida y todo mi ser me gritaba que saliese huyendo, como había hecho otras veces, pero sabía que esta vez era distinta. Tía Emma había muerto. Tío Enrique la había matado. Y las alarmas no dejaban de sonar. El profesor Maravilla tenía razón: Algo no andaba bien.

Me puse las gafas de sol esperando que el médico pensase que eran para cubrir mis lágrimas y entré en el edificio. Hay quien pudiera pensar que guardaba un mal recuerdo del lugar pero, teniendo en cuenta todo lo que había pasado las semanas antes de mi ingreso, sólo me causaba un sentimiento de paz y tranquilidad que necesitaba en esos momentos.

—     Señorita Gale, me entristece verla en estas circunstancias.

—     Supongo que hubiese preferido verme entrar con una camisa de fuerza.

La sonrisa del director se congeló en una mueca histriónica. Por un momento creí que iba a pedirme una  plaza permanente en su pabellón. Al verme sonreír se relajó, sólo un poco, y me pidió que le acompañase por los pasillos.

—     Dice mucho de usted que haya venido a ver a su tío. Estoy muy satisfecho con su recuperación. ¿Ha vuelto a tener alucinaciones?

—     No —dije sin estar muy segura de si mentía o no—. Preferiría que nos centrásemos en Enrique. ¿Sabe lo que le pasó? Quiero decir que él no era así, nunca habría hecho esto estando en sus cabales.

—     Es pronto para hacer un diagnóstico pero he de confesarle que no me gusta nada lo que veo en mis entrevistas con él.

—     ¿Y qué ve?

El director me miró de arriba abajo, sopesando el impacto que supondría su respuesta.

—     Ha estado muy alterado estos días, sólo he conseguido sacarle unas pocas frases. No dejaba de repetir: “Dorita tenía razón” y “No debí dárselos”. ¿Tiene idea de a qué se refiere?

—     Ni idea —mentí.

Nos paramos frente a una de las habitaciones del ala sur. Me sorprendí a mí misma alegrándome: Eran las habitaciones más luminosas y tío Enrique no hubiese sobrevivido en una celda sin ventanas. El director abrió la puerta y toda conexión con mi hogar y mi familia se desvaneció para siempre.

Tío Enrique estaba tumbado en la cama, mirando al techo y con los brazos en cruz. Toda la cama estaba llena de la sangre que manaba de sus muñecas. Encima del cabecero había escrito con esa misma sangre: “GLINDA NO LOS TIENE”

En cuestión de segundos la habitación de llenó de personal de la clínica que corría de un lado para otro. Aproveché la confusión para salir sin que me hiciesen preguntas.

 Siempre había sabido que mi supuesta crisis nerviosa no era tal. Antes de que aquel tornado me enseñase que hay otros mundos además del nuestro yo nunca había tomado drogas, siempre he tenido mucha imaginación pero ni siquiera en mis más locas fantasías habría podido imaginar todo aquello. Di tres taconazos con los chapines de rubíes y al abrir los ojos estaba de vuelta en mi habitación. Y los chapines seguían allí.

Los meses siguientes fueron un ir y venir de médicos. Querían saber si me habían secuestrado, o ¡peor!, si me habían violado. Al comprobar que nadie me había tocado mis tíos se sintieron aliviados, aunque les duró poco. Cuando comencé a relatar mi aventura me pidieron que no repitiese esa historia jamás, que había sido sólo un mal sueño.

Pero yo no podía dejar de pensar en ello. Y luego estaban los chapines.

Al principio fueron cosas pequeñas: la maestra faltaba a clase durante unos días, los tenderos me regalaban dulces, las chicas de mi clase me daban ropa y regalos, no tenía que hacer los deberes…

Luego necesité más. Necesitaba que todos se postrasen ante mí, que reconociesen mi poder.

Supe que había llegado demasiado lejos cuando vi a una de mis compañeras llorando en el suelo, rodeada de su preciosa cabellera rubia que había empezado a caérsele por momentos. Paré al ver la sangre goteando de su nariz. No pretendía nada en particular, sólo quería ver hasta dónde llegaba mi poder.

La profesora les dijo a mis padres que nos habíamos peleado y que, de alguna forma, le había arrancado todo el pelo.

Al día siguiente estaba en Everwood explicando mi maravillosa aventura al director y esa misma noche una burbuja rosada hizo desaparecer los malditos chapines.

Pero ahora Glinda no los tenía y yo sabía dónde estaban.

Llegué al cementerio al atardecer y ellos me estaban esperando. Tres figuras negras custodiaban la tumba de mi tía. Sus garras ya habían hecho todo el trabajo. La tierra había sido removida y el ataúd estaba abierto. Destrozado. No me sorprendió ver el cuerpo consumido y replegado sobre sí mismo de mi tía y, brillando a la luz de la luna, los chapines de rubíes a sus pies.

Las tres figuras me miraban con unos ojos amarillos ansiosos. Necesitaban alguien que los guiase. Yo había matado a su ama y, por alguna lógica retorcida, yo debía sustituirla.

No sabía entonces cómo había conseguido tía Emma los chapines pero sí me hacía una idea de porqué tío Enrique la había matado. Era la única forma de pararla.

Había eludido mis responsabilidades durante mucho tiempo y mi familia había pagado las consecuencias. Ellos no iban a parar hasta conseguir otra ama y pensé que yo sería el mal menor. Recogí los zapatos y me los puse. Los tres seres empezaron a darse golpes en el pecho y a gruñir. Había una nueva bruja en la ciudad.

Glinda me debía muchas explicaciones, pero antes tenía un asunto pendiente a ese lado del arco iris.

—     ¡Volad! —ordené pensando en la señorita Gluch— ¡Volad!

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