Regresan

regresan

Vega se sostenía a duras penas la cabeza con su hormigueado brazo derecho. Llevaba tanto mirando la jaula de plexiglás que empezaba a bizquear y las imágenes se tornaban borrosas.

Resopló y se desentumeció haciendo sonar todas las vértebras de su espalda. El espécimen no había presentado variaciones en doce horas. Pensó en echarse una pequeña siesta pero la silla de plástico se le clavaba en los riñones y el suelo de cemento no incitaba al descanso.

Se levantó y dio un paseo por los cinco metros cuadrados de la sala, como recomendaban sus superiores en esos casos de “fatiga mental”. Rodeó su pequeña mesa tres veces y finalmente se paró frente a la jaula.

Se sorprendió de lo rápido que habían cambiado las cosas. Todos los días se repetía que para bien pero echaba de menos los viejos tiempos, algo que jamás diría en voz alta.

Las paredes de la jaula eran de cinco centímetros de grosor, aun así, había una línea amarilla que la rodeaba y que no debía ser traspasada bajo ningún concepto. Vega avanzó. Llevaba meses compartiendo la misma habitación, controlándose para no saltarse las normas.

Apoyó su mejilla contra el plexiglás, el frío le hizo sentir bien. El macho se revolvió imperceptiblemente. Vega se acercó a uno de los agujeros que permitía respirar a la bestia y se puso de puntillas hasta que su cuello quedó a la altura perfecta. El macho reaccionó a sus feromonas como se esperaba: se acercó lentamente, como en trance.

La boca del espécimen estaba a pocos centímetros del cuello de Vega que permanecía inmóvil. El macho movió los labios intentando hacer algún sonido que Vega no supo interpretar.

—     ¿Qué dices pedazo de carne? —susurró Vega.

El ser empezó a dar golpes en el plexiglás con un ojo abierto inyectado en sangre y el otro entrecerrado. Manotazos torpes al principio, a penas caricias, que se fueron volviendo cada vez más fuertes acompañados de gruñidos y alaridos. Algo no iba bien.

Vega retrocedió pero el ataque de la criatura iba in crescendo. La jaula vibraba con cada golpe y empezaban a aparecer manchas rojas allí dónde daba los puñetazos. Nunca había visto a uno de esos seres proferir tales sonidos. Algo no iba bien en absoluto.

El teléfono sonaba, puede que llevase así un buen rato. Vega contestó sin dejar de mirar a la criatura.

—     ¿Qué demonios has hecho? Ve a la cámara estanca y espera instrucciones.

Vega continuó unos minutos pegada al teléfono, contemplando la sangre en el cristal.

***

El despacho del presidente era tal y cómo se lo había imaginado: madera de roble, cuero y terciopelo por todas partes. Pero para su sorpresa un fuerte olor a lavanda impregnaba el ambiente, ¿sería verdad lo que decían?

La puerta se abrió a sus espaldas. Permaneció quieta, sin atreverse a girarse hacia él, el primero en recibir la vacuna. Cuando la figura finalmente se sentó en el gran sillón de orejas que tenía en frente, Vega supo que todo lo que había oído era verdad.

El hombre llevaba un elegante traje negro, unos guantes de cuero y un sombrero ladeado que no le pegaba en absoluto. Pese a toda esa parafernalia era inevitable ver su degeneración: La piel tenía un grado de putrefacción que nunca había visto, ni siquiera en personas que hubiesen dejado de tomar su medicación varios meses, y el sombrero cubría la zona en la que, se contaba, aquel desgraciado le había clavado el hacha.

Por un momento olvidó dónde estaba, miró su piel, apenas macilenta en comparación, y se alegró de haber recibido la vacuna mejorada.

—     Vega, he visto las grabaciones—dijo en un tono paternal—. Sé que lo que les pido, teniendo en cuenta la escasez que estamos pasando, es duro pero lo hacemos por el futuro. Y para que esto resulte debemos tener perspectiva. La vacuna nos dio esa capacidad y debemos aprovecharla para sobrevivir.

—     Hemos conseguido evitar que los humanos se contagien y que sean sólo un montón de carne con ojos, ¿por qué no soltarlos ya? ¿por qué esperar a que esos experimentos con feromonas los hagan ovejas mansas? ¿dónde está la…? —se frenó.

—     Ya no somos así, hemos evolucionado. No somos monstruos si no una especie nueva y mejor.

El presidente cogió un portafotos de su escritorio y se lo ofreció: Era la primera noticia que se había publicado sobre la pandemia. Vega contempló la foto, una horda de cadáveres arrasando una ciudad que hacía mucho ya no existía. Leyó el titular: “REGRESAN”.

—     ¿Recuerda cómo nos llamaban? —preguntó con repugnancia.

Una luz parpadeó llenando de rojo la habitación.

—     Zombis —contestó Vega con una media sonrisa.

—     No sobreviviréis sin mí —dijo sin tan siquiera inmutarse, consciente de su inevitable destino—. Sin una cabeza que os guíe acabareis con las reservas y terminareis comiéndoos los unos a los otros. Créeme, lo he vivido.

—      Tiene razón, señor —dijo mientras se levantaba para abrir la puerta y dejar pasar a tres hombres armados—. Somos una especie nueva y mejor. Ya no le necesitamos.

Texto enviado para la escena nº 22 del Taller de Escritura Creativa “Móntame una escena” de Literautas

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