El premio

anciana futuro

—     Me ha tocado… ¡Me ha tocado!

Había imaginado muchas veces ese momento. Se había dicho a sí mismo que, si le tocaba a él, sería de los que se lo callan, salen tranquilamente y se suben a la limusina sin montar ningún espectáculo. Pero la emoción le traicionó.

Por megafonía se seguía escuchando el número de quince cifras. Volvió a mirar su muñeca para comprobar el tatuaje.

—     ¡Me ha tocado!

Soltó el pico y lanzó el casco al suelo con todas sus fuerzas. Había imaginado también las palabras exactas que le diría a su jefe cuando fuese el premiado pero tenía otras cosas en mente: Una limusina lo esperaba.

—     Señor Madera, bienvenido —dijo una anciana de rostro afable mientras le abría la puerta.

Se quedó petrificado mirándola. Debía de tener al menos ochenta años. Nunca había visto a nadie de esa edad. En su poblado hubo un hombre de casi sesenta pero nunca pareció tan sano como ella.

Mientras él se hacía preguntas sobre el milagro que contemplaba, la mujer le explicaba las condiciones del premio. No necesitaba prestar atención, se había criado escuchándolas.

Después de varias horas en limusina (intentó calcular la cantidad de gasolina que habrían consumido pero los números le bailaban en la cabeza) llegaron al aeropuerto.

Al ver a los soldados se encogió instintivamente. Fueron apenas un par de segundos pero se maldijo por haber quedado como un paleto frente a su anfitriona. Los días ratoncillo asustado habían acabado, pronto sería uno de ellos.

Las instalaciones le dejaron sin habla. Había tanta luz, tantas bombillas… El nunca había podido permitirse tener electricidad en su casa. Su jefe poseía un pequeño generador que le proporcionaba un par de horas de energía al día, pero… ¡aquello! No tenía palabras para aquel lujo, aquel despilfarro en definitiva.

Le dieron varios minutos para que se asease y se cambiase de ropa. Al cabo de una hora entraron para asegurarse de que se encontraba bien: se había entretenido oliendo el jabón y al abrir la puerta lo descubrieron obnubilado con el tacto de su camisa nueva. Intentó hacerse el digno pero acabó por encogerse de hombros y sonreír como un bobo.

Tardaron casi una hora en convencerle de que el avión era un medio de transporte seguro y una vez dentro no pudo evitar chillar cuando el aparato dejó de tocar la pista.

—     Todo esto es sólo una parte de lo que verá y experimentará a partir de ahora Sr. Madera —dijo la mujer a la vez que presionaba un botón que hizo que una pantalla descendiese frente a ellos.

Se pasó todo el viaje sin apartar los ojos del televisor  que, como tantos otros objetos que le rodeaban, sólo había visto en libros.

Cuando la anciana le tocó amablemente el hombro para indicarle que ya debían abandonar el aparato, a punto estuvo de pedirle que le permitiese quedarse allí para el resto de sus días. “No seas idiota” se dijo “ahora viene lo bueno”. Bajó con una sonrisa.

La ciudad no tenía nada que ver con las fichas que había coloreado en el colegio. La gente estaba limpia y olía a flores, como contaban en los libros, pero no parecían felices. Pasaban muy cerca los unos de los otros sin tan siquiera hacer el más mínimo gesto de saludo.  En su poblado, por menos de aquello, familias enteras se habrían enfrentado en el pozo.

Se obligó a no volver a pensar en su mugriento poblado. Ser un hombre de ciudad implicaba aceptar sus reglas: “Sólo un necio se pararía a pensar en esas tonterías teniendo todo esto al alcance de sus manos” pensó.

Encontró curioso que hubiese un grupo de ancianos haciendo un corrillo, era como si frente a él hubiese un elefante rojo haciendo el pino. Los siguió con la mirada y comprobó que se pasaban sobrecitos de papel que parecían contener una especie de arena morada. Se la repartieron ansiosos y comenzaron a esnifarla. Un agente armado apareció al momento para disolverlos. Se obligó a recordar que debía preguntar por eso más tarde, no quería perderse ninguna experiencia.

La cúpula de cristal de la Gran Central brillaba como un diamante entre los edificios de piedra de la ciudad. Había oído que usaba el calor del sol para producir energía pero le parecía una locura así que se guardó de comentarlo con su acompañante.

Después de cubrir varios formularios, de que le sacasen muestras de sangre y de subir y bajar varios pisos en ascensores de cristal, le ordenaron esperar en el hall hasta que uno de los funcionarios fuese a por él.

La espera no sería aburrida. La Gran Central constituía el punto neurálgico de la ciudad, del hall partían decenas de túneles que la conectaban con edificios anexos. Vio a un grupo de niños con su profesora. Volvió por un instante a sus siete años, al día en el que su colegio organizó una excursión a la cuidad, al día en que sus padres se negaron rotundamente a dejarle ir. Se le revolvió el estómago. Hacía muchos años que no pensaba en ellos. Sin darse cuenta acabó por seguir al grupo que estaba a punto de entrar en el Museo de la Ciencia.

Entró en una pequeña sala de paredes blancas, muy estrecha, que los obligaba a permanecer en fila india. Las luces se apagaron y los niños comenzaron a chillar. Al momento la luz volvió y el holograma de una sonriente azafata apareció junto a ellos.

—     Los Pebs —dijo, permaneciendo a continuación en silencio por unos segundos—. Hace muchos años cuando la tierra estaba sumida en un caos absoluto…

Los niños recitaban la historia a la vez que la mujer, poniendo énfasis en las mismas palabras, contando el cuento que todos conocían.

—     …los valientes señor Azul y señor  Rojo volaron en sus naves para encontrar la forma de salvarnos a todos de las enfermedades y las guerras. Fue entonces cuando encontraron a los Pebs.

En ese momento la imagen en 3D de un bulto viscoso y violáceo con unos ojos risueños y una boca sonriente apareció junto a ella.

—     Los señores Azul y Rojo volvieron triunfantes a casa con sus nuevos amigos. En la tierra, los más brillantes científicos descubrieron que dentro de los Pebs había proteínas y enzimas —los niños repetían  “protinas”, “encinas” y seguían recitando— que ayudarían a nuestro cuerpo haciéndolo más sano y fuerte.

El moco morado desapareció para dejar paso a un baile de hélices, manchas y gusanos.

—     Y debemos recordar que nuestra salud y nuestra paz se la debemos a ellos: A los Pebs.

Un eco repitió la última palabra y la sala volvió a oscurecerse. Esta vez no hubo gritos. La luz volvió intermitentemente a la vez que una música suave comenzó a sonar. Se sentía mareado y confuso. Los niños se habían quedado paralizados y una luz verde, que a él le llegaba a la cintura, permanecía fija sobre sus ojos.

Iba a pedir ayuda cuando un hombre trajeado le sacó por el cuello de allí.

—     Se le ordenó que esperase en el hall —dijo mientras le lanzaba al suelo.

—     ¡Tranquilo Klaus! Es nuestro invitado, yo me encargo de él.

Un chico de unos quince años le ayudó a levantarse. Llevaba una camiseta llena de tentáculos y palabras que no significaban nada debajo de una bata blanca con una chapa en la que se leía: “Doctor H. West”.

—     Es hora de recoger su premio señor Madera.

Se le iluminó la cara. Por fin sería un ciudadano por derecho. Tendría un hogar allí, lleno de comodidades. Pero sobre todo, por fin tendría un Pebs en su cerebro que le protegería de enfermedades y le alargaría considerablemente la vida ¿Llegaría a ser tan mayor como la mujer que lo había acompañado? ¿Le permitirían tener varios hijos? No debía parecer ansioso, no quería que pensasen que era un simple pueblerino y se arrepintieran de haberle premiado.

—     Mirad niños: Uno de los ganadores de este año.

Un corro de cabecitas lo rodeó boquiabiertas, tirando de su camisa y haciéndole preguntas:

—     ¿Es verdad que tienen superpoderes?

—     ¿Se podrá quedar aquí? ¡¿Para siempre?!

La profesora les hizo callar y alejarse de él.

—     Niños, esta es la razón por la que debemos trabajar duro —dijo señalándole—. Con nuestros trabajos en las fábricas y las minas les proporcionamos a Los Científicos los materiales que necesitan para sus experimentos. Ellos trabajan día y noche para crear más Pebs y así conseguir que dentro de poco todos podamos llevar uno —los niños soltaron una exclamación—. Así es. El año que viene celebrarán diez sorteos —los ojos de los pequeños se salían de las orbitas—, porque cada vez están más cerca de salvarnos a todos.

El joven doctor le sacó del revuelo que se había montado y le acompañó a un ascensor que los llevaría varios pisos debajo del suelo mirando todo el tiempo a la pantalla que indicaba el nivel y sin decir una sola palabra.

Un leve sentimiento de caída le indicó que ya habían llegado. Al salir se encontró con un pasillo infinito, flanqueado por puertas en las que se podía leer “Laboratorio” y más abajo en letras verdes “Privado”. Oyó ruido de motores y zumbidos pero no pudo ver a nadie más.

Caminaron varios minutos en total silencio. Quería preguntarle algo al doctor pero por más que lo pensaba no sabía qué podía ser. Cuando las palabras por fin iban a brotar de sus labios vio la puerta abierta de uno de los laboratorios. Dentro había cuatro hombres y mujeres contemplando una gran urna amarilla translúcida que contenía un millar de babosas que se revolcaban unas encima de otras. La imagen tenía algo obsceno y se obligó apartar la mirada.

El joven no comentó lo ocurrido. Se limitó a señalarle una puerta e invitarle a entrar. Era una salita con un ordenador y un gran cristal que dejaba ver otra sala con una camilla y varios dispositivos médicos. Había visto una igual cuando sus padres murieron. El estómago se le revolvió de nuevo.

—     Esa es la “pecera”. Su futuro le aguarda señor Madera —dijo invitándole a entrar.

Se recostó en la camilla y el doctor le tomó una vía, le conectó a varios de los dispositivos y, finalmente, aseguró las correas que le impedían moverse. El chico se le quedó mirando como si esperase algo de él. Al ver que no conseguía la respuesta deseada meneó la cabeza y apretó más fuerte las correas.

Contempló por varios minutos como iba de una punta a otra de la habitación encendiendo y comprobando las máquinas. Finalmente se acercó a un contenedor con una pegatina de una cara amarilla sonriente y sacó de él una urna de cristal que dejó a pocos centímetros de la camilla.

Dentro había un ser verrugoso y pringoso de color morado que parecía un alimento en mal estado.

—     ¿Qué demonios es eso? —quiso saber.

—     ¡Oh, maravilla! ¡Una pregunta!

El hombre le ignoró y comenzó a abrir la urna para cerrarla al instante  de un golpe. Le miró a los ojos cómo si se hubiese dado cuenta en ese momento de que había otra persona en la habitación con él.

—     ¿Sabes qué? Te lo voy a explicar. Después de todo, cuando termine no recordarás nada o, con un poco de suerte, habrás muerto.

El doctor entrelazó los dedos y adoptó un gesto amable y sonriente.

—     Los Pebs —dijo—. O como a mí me gusta llamarlos Parásitos Encefálicos Basados en el Silicio. Claro está que no tienes ni idea de lo que es el encéfalo ni de lo que es el silicio, por que la educación que os ofrecen es tan básica y ridícula que… bueno es igual, no entenderías la comparación. El caso es que el señor Rojo y el señor Azul eran en realidad una tripulación que buscaba vida en otros planetas. Les importaba una mierda que nos muriésemos de cáncer o que nos matásemos por petróleo…

—     ¿Qué es…?

—     Déjalo —dijo levantando una mano— no tengo tiempo y tú no tienes ideas. El caso es que se encontraron esto tirado por ahí y les hizo gracia. Se lo trajeron y descubrieron que contenía la respuesta a todos nuestros problemas. Sintetizaron un suero, bastante primario, que conseguía eliminar células cancerígenas y casi la totalidad de las enfermedades. Los primeros sujetos de experimento fueron monitorizados y grabados…

El chico empezó a reír como un maníaco.

—     Hay unos videos muy interesantes en alguna parte. Los tíos se volvieron locos, por decirlo suavemente. Así que esos que se hacían llamar científicos mandaron a otros idiotas al planeta de dónde los habían sacado para estudiarlos mejor. Resulta que la única forma de “beneficiarnos” —dijo haciendo un gran gesto de comillas con los dedos— de ellos era dejándolos… ya sabes, chuparnos el cerebro.

—     Dr. West, ¿ha terminado? —dijo a través del interfono un hombre que estaba al otro lado de la “pecera”.

El doctor pegó un respingo e hizo un gesto de aprobación al hombre.

—     Es una suerte —dijo entre dientes mientras sonreía— que esta habitación esté aislada para evitar que vuestros gritos molesten al resto de Científicos. Puedes seguir con tu trabajo —dijo pulsando un botón y despidiéndose con la mano—, todo bien por aquí. ¿Qué estaba diciendo? ¡Ah, sí! No hay ningún premio señor Madera, sólo una invasión alienígena de las de toda la vida.

—     ¿Esto es una prueba? ¡Yo soy leal al gobierno! Nunca he compartido las ideas de mis padres…

—     ¡Por supuesto que no! Está condicionado para ser así. Pero, déjeme terminar, nunca he  contado esta historia y me gusta cómo me está quedando… En fin, tenemos a un montón de ricachones y poderosos pegándose por dejarse profanar el cerebro para vivir eternamente, o casi. Lo que no sabían, porque estaban demasiado ansiosos para probarlo en monos o en cualquier desarrapado, es que ellas tomarían el control. Y aquí estamos, cien años después, con una sociedad que vive por y para el cuidado de estos seres.

—     Pero…

—     ¡Muy buena pregunta! ¿Pero porqué no nos colonizan a todos y nos dejamos de esta chorrada de seleccionar a unos pocos “afortunados”? Muy simple: No todos somos compatibles. Para empezar deben de alojarse en cerebros maduros, los niños quedan inservibles después de la implantación. Y ellos nos vuelven estériles así que… alguien tiene que proporcionarles huéspedes nuevos…  ¡Ah, las granjas del norte! Allí sí que saben cómo divertirse —dijo dándole un codazo.

Intentó soltarse pataleando y gritando. Ese hombre estaba loco. Quería hablar con la mujer, ella le ayudaría.

—     ¿Esa yonkie de arena? No sé ni cómo aguantó el viaje. Ese es otro de los inconvenientes de nuestros cuerpos: Estos seres necesitan dióxido de silicio para sobrevivir, es su oxígeno. Por eso necesitan esnifar ciertas dosis de su arena especial, sobre todo cuando alcanzan los sesenta. A partir de ahí se vuelven casi incontrolables. Estamos investigando para solucionarlo.

—     ¿Eres uno de ellos? —preguntó intentando ganar tiempo.

—     No, ¿me tomas el pelo? Yo soy un puto genio —dijo alzando los brazos como si esperase que un halo de luz lo cubriese.

Algún resorte se activó en el cerebro del doctor y volvió a adoptar una actitud seria. Abrió la urna, el parásito empezó a revolverse al saberse cerca de una víctima. Lo cogió con dos dedos y lo balanceó sobre su cara.

—     Yo soy una de sus mascotas. No son una especie muy inteligente después de todo, ¿sabes? Necesitan un grupo de mentes que les solucionen sus problemillas. Nos alimentan, nos cuidan y nosotros a cambio traicionamos a nuestra especie.

—     ¿Por qué? —consiguió articular mientras se sorbía los mocos.

El chico se acercó a él, le tapó la nariz con la mano que tenía libre y le susurró:

—     Porque a mi esta especie me la suda… y porque luego me dejan abriros el cerebro— contestó antes de dejar caer el parásito en su boca.

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