Utopía

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– ¿Dónde están los niños? –preguntó la directora mientras salía al patio para comprobar que los soldados seguían en sus puestos.
– Aún no han terminado el test. Este año han añadido un apartado especial, ya sabe, por el incidente del año pasado.
La señorita Aranda apretó los dientes al recordar aquello. No había pasado en su colegio, pero había sido como una puñalada en el costado. No permitiría ninguna transgresión en el suyo. Tocó la llave que llevaba colgada al cuello. Eso siempre la calmaba y le recordaba que ella tenía el control y que había maneras de enderezar un árbol torcido.
La chica que la seguía era una profesora nueva. Había empezado rebosante de energía. Le daba dos meses. Era lo máximo que duraban esa clase de personas en su centro.
– ¿Quiénes cree que serán los expulsados? –preguntó con cierta cautela la profesora.
– Nosotras no hacemos juicios de valor –contestó, pero sabía perfectamente quienes serían cauterizados, ella misma había hecho sus recomendaciones.
El colegio de la señorita Aranda era uno de los seis centros que acogían niños procedentes de los páramos. Eran huérfanos de familias antisistema que vivían más allá de las fronteras de la Tierra Prometida.
– Ni siquiera sé cómo sobreviven –le había comentado alguien en una ocasión-. Ahí fuera, tras la pantalla de ozono el aire está tan contaminado que sus bebés nacen muertos o deformes. ¿Quién querría vivir lejos de la civilización?
Pero aun así sobrevivían y se reproducían. Le enfurecía que esa gente embrutecida y agresiva, no contentos con no acatar las leyes, emprendieran escaramuzas para intentar destruir su utopía.
– Nos tienen envidia –sentenciaba su madre cada vez que alguien, ¡los ancestros no lo quisieran!, sacaba el tema-. Si no, ¿por qué atacarnos? ¿por qué no vivir su vida allá en los páramos y dejarnos en paz?
– No tienen nuestros avances científicos y médicos, dicen que quieren derrocar al gobierno para robárnoslos –le contestaba ella fingiéndose asustada para que su madre pudiese rematar su discurso.
– Está científicamente demostrado que son inferiores intelectualmente, no tienen nada que hacer contra nuestro ejército. Cuando los ancestros dieron su vida para abrirnos los ojos, para enseñarnos el camino del orden, esos herejes escogieron el caos. ¡Ahora que se pudran en ese infierno!
Pero ahora había problemas en su paraíso. Los cálculos estimados decían que los “hombres amarillos”, como se hacían llamar por el color de sus tierras, se estaban multiplicando de manera alarmante en las últimas décadas. Había oído en una de las reuniones con los funcionarios superiores que la razón de esa superpoblación estaba en el que el aire exterior había bajado sus niveles tóxicos un diez por ciento.
– Señorita Aranda –dijo una funcionaria, sacándola de sus pensamientos-. El examen casi ha terminado, pero antes de abrir las puertas me gustaría hablar con usted.
La joven profesora volvió dentro y las dos mujeres dieron un paseo por el patio.
– Sé que sabe lo delicado de nuestra situación actual…
No he perdido mi fe en el gobierno, señora Blanca.
– Lo sé, nosotros en usted tampoco. Por eso me duele lo que voy a decirle.
Blanca tomó aire para decir:
Vamos a cerrar los colegios.
– ¿Qué?
Al oírla gritar los soldados, que no habían dejado de observar la escena, pidieron la contraseña de seguridad.
– La balsa surca los cinco paraísos –respondió la directora entre dientes.
– Es muy peligroso mantener rebeldes dentro de nuestras fronteras en este momento, sin importar su edad. Comprenda la situación.
– He dedicado mi vida entera a adiestrar a estos engendros. He conseguido convertirlos en perros fieles al sistema. Algunos de ellos han llegado incluso a formar parte de nuestra sociedad, ¿y así me lo pagan? –dijo mientras frotaba su llave.
La mujer le tocó el hombro e imploró por que entrara en razón, le explicó que sería recompensada. La rodeó con sus brazos en un inútil gesto por consolarla del que ella se zafó de un manotazo.
La directora entró en el colegio sin cruzar otra palabra con la funcionaria. Recogió los test y mandó a dormir a los niños. No se dio cuenta de que de los seis funcionarios que habían llegado sólo cinco se habían ido y no fue hasta horas más tarde, poco antes de exhalar su último aliento, cuando echó en falta su llave. Fue lo último que vio, agitada por Blanca, mientras le decía:
– ¿Me recuerdas? Creo que deberíamos hacer otra visita al cuarto.

Texto enviado para la escena nº 19 del Taller de Escritura Creativa “Móntame una escena” de Literautas

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