La Maleta – Capítulo 10: Emperador

sanatorio3

Pablo Ortiz subía la colina en su primer día de trabajo. De pequeño quería ser pirata y cuando fue algo más mayor quiso ser arqueólogo. Al final había estudiado historia del arte y en sus ratos libres escribía. Como ninguna de las dos cosas le daban de comer tuvo que buscarse un “trabajo de verdad”. Sus padres estaban muy contentos porque por fin había madurado.

Mientras subía esa colina, camino del sanatorio mental, imaginaba cientos de historias. Si sus padres hubiesen podido leer su mente habrían chasqueado sus lenguas y meneado la cabeza. Pero no podían. Eso era lo único que no podían controlar. Su cabeza. Pensó entonces en lo irónico de la situación.

Una vez dentro del sanatorio le explicaron en qué consistiría su trabajo: Acompañar a los pacientes, ayudar a las enfermeras y evitar “situaciones violentas” en general.

–          No te preocupes, con la medicación son como corderitos –le había dicho Héctor, su compañero-. Los primeros días harás las rondas conmigo y así te irás familiarizando.

Pablo dudaba que se familiarizara con aquel olor, aquellos gritos y aquel ambiente opresivo. Pero sonrió y le dio la razón.

Fueron de habitación en habitación anunciando a los pacientes que era la hora de las actividades y que no podían permanecer en sus habitaciones.

–          Cuando estén todos en la sala de la televisión volveremos para hacer los registros, por si tienen cuchillas o algo así. –Héctor no se molestó en decírselo en privado ni en comprobar que nadie le oyera. Llevaba veinte minutos allí y ya se había dado cuenta de que poco o nada diferenciaba a los pacientes de ovejas.

Todas las habitaciones estaban vacías menos una.

–          Héctor, en esta hay alguien todavía.

–          Ya. No te preocupes, olvídate de él.

–          Pero, ¿Y si tiene una cuchilla y se hace daño o…?

Héctor desechó esa posibilidad con un ademán.

–          Olvídate de él –repitió- Le llaman Emperador, debe de creerse Napoleón o algo así. Lleva más de tres meses sentado ahí escribiendo. Aunque la mayor parte del tiempo sólo mira por la ventana y se ríe. Estos últimos días ha escrito algo más y llora de vez en cuando. No me gusta –meneó la cabeza con fuerza-. Me da en la nariz que va a explotar. No me pagan lo suficiente. Y a ti tampoco.

–          Déjame intentarlo, si no consigo que baje lo dejamos ahí.

Héctor ya se alejaba.

–          Haz lo que quieras.

La nariz de Pablo también le indicaba problemas pero, a diferencia de Héctor, quería acercarse a ellos. De los problemas salen las mejores historias.

–          Hola

No hizo falta más. El Emperador se dio la vuelta y empezó a hablar.

–          ¡Porque él tampoco podía tocarla! Un objeto maldito

–          Lo siento señor, no le entiendo. Es la hora de las actividades, si me acompaña…

–          Creó la Biblioteca para que fuésemos nosotros los que se la llevásemos. Porque los portadores necesitábamos respuestas, ¿verdad? –sus cansados ojos se clavaban en Pablo implorando comprensión.

–          Verdad

El Emperador sonrió y le dio una palmadita en la mano como aprobación.

–          Ese maldito esperaba en la Biblioteca a que uno de nosotros se la sirviera en bandeja de plata…

–          ¿Qué le sirviera el qué?

–          ¡La Maleta, claro! Es un hombre retorcido, no le importaba el mal que hacía… -se encogió como si le hubiesen pegado en el estómago, ¿hablaba de sí mismo ahora?- Al final estaba llena de almas para él.

Pablo se había rendido. El hombre estaba loco de remate. Se levantó para buscar su médico.

–          ¡Espera! Toma –dijo tendiéndole las páginas, apenas diez folios.

–          Esto debería dárselo al doctor…

–          Tengo miedo, ¿sabes? –dijo muy serio-. Miedo de pararme a pensar en el pasado. Miedo de los monstruos, de Fauna… -se quedó unos segundos mirando al infinito- Pero me aterra lo que vaya a hacer o ya haya hecho Enigma. Alguien tiene que saberlo.

Y no dijo nada más, se volvió hacia la ventana y lloró en silencio.

Pablo había ido a buscar al doctor Fernández. Llevaba las hojas dobladas en el bolsillo.

–          Buenas tardes doctor.

–          ¡Pablo! ¿Qué tal tu primer día?

–          Muy bien –inquietante más bien, pensó Pablo-. Quería hablarle de un paciente, le llaman Emperador –el doctor hizo un gesto de reconocimiento- Me parece que está un poco alterado, debería verle.

–          Está bien, tengo un hueco pasado mañana.

Pablo se dio cuenta de que pretendía quitárselo de encima. No le gustó.

–          Una cosa más. –Añadió Pablo. El doctor le miraba ahora por encima de las gafas- Emperador me ha pedido que llame a sus hijos para que vengan a verle…

El doctor arrugó la nariz confundido.

–          Emperador no tiene familia, de hecho es un caso curioso. Hace unos meses un extraño lo encontró merodeando por su jardín aturdido y lleno de arañazos, moretones y mordeduras. No paraba de referirse a sí mismo como el Emperador. Ese hombre fue el que nos lo trajo. –el doctor sonrió- No quiso dejar constancia de su identidad y firmó con un pseudónimo.

–          ¿Qué pseudónimo?

–          Enigma –dijo con una voz misteriosa y luego rompió reír-. La gente es de lo más curiosa. Con que hubiese puesto una equis habría bastado. A veces no sé donde hay más locos Pablo, si fuera o dentro de este edificio.

El doctor siguió riéndose solo un rato y Pablo fue a buscar un lugar tranquilo. Sacó las hojas de su bolsillo y leyó:

Nunca he creído en Dios, ni en el Karma, ni en la suerte. He sido un hombre práctico y he vivido una vida normal. Ni yo ni nadie de mi familia hemos sufrido ningún tipo de enfermedad mental. Aclarado esto, me dispongo a explicar los motivos por los que he acabado aquí…

 

 

FIN.

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