La Maleta – Capítulo 9: La biblioteca

biblioteca-sombrero

Estaba frente a esas malditas puerta de roble sin cerradura y las criaturas sólo a unos metros de mí. En ese momento lo vi todo claro. Las puertas no tenían cerradura, pero yo sólo necesitaba algo que las abriese.

Abrí la Maleta y allí estaba, una especie de talismán con una piedra negra en el centro. Lo acerqué a las puertas y estas se abrieron con un quejido. Pasé y cerré tras de mí. El brazo de Fauna quedó atrapado y cayó al suelo al cerrarlas ¿De qué estaba hecho ese edificio?

¡Ah, la biblioteca! Al contemplar la sala olvidé por un momento todo lo que me había traído allí, pensé que había merecido la pena. Había encontrado mi hogar. Era una sala digna de un rey.

No me habían maravillado las hileras de estanterías de madera que llegaban hasta un techo que no podía ver, nunca había sido un apasionado de la lectura hasta que la necesité para mi cruzada, lo que llamó mi atención fue el objeto que se encontraba en el medio de la gigantesca sala.

Sobre el suelo de mármol lleno de extraños mosaicos y símbolos mágicos estaba el Sombrero.

Me acerqué con paso solemne. Oía los vítores de mis súbditos, olía los crisantemos y las rosas que caían a mis pies. Me giré hacia ellos y me coloqué el Sombrero. Levanté los brazos en señal de triunfo y saludé a mis devotos seguidores.

¿Qué pasó entonces? Es una pregunta que me persigue y me atormenta por las noches aún hoy. Más incluso que mi temor por que vuelvan los monstruos.

Desaparecieron las ovaciones, las flores, los súbditos… Estaba sólo en medio de la plaza de un pueblo en una noche sin luna. Recordaba vívidamente a Fauna y a los demás ¿Qué había hecho? ¿En qué me había convertido? No, yo era un Rey, un Emperador. Yo tenía poder. Era la magia del Sombrero la que quería volverme loco, era ese tal Blaise el que quería hacerse con mi poder.

Me quité el Sombrero. Volvía a estar en la biblioteca.

–          ¿Lloras Emperador?

La voz venía de las sombras, la biblioteca había perdido toda su luz. La voz venía del techo que no veía, de las estanterías sin fin, detrás de mí, al lado de mi oído.

–          ¿Blaise? –dije con un hilo de voz, secándome unas lágrimas que no sabía que tenía.

–          ¿Blaise? –me imitó la voz-. No estúpido, no. Soy Enigma.

Un relámpago iluminó la sala y por unos segundos vi la silueta de un hombre.

–          No estás muerto –no era una pregunta.

No me contestó. Oí unos pasos que se acercaban por todas partes.

–          ¿Pensabas encontrar aquí una suerte de manual de uso de la Maleta? Eres un necio, como los otros…

Noté su aliento en mi nuca, me giré pero no estaba allí.

–          Blaise… ¡Pobre Blaise! Era un gran mago. El mejor. Mejor que yo. Estaba orgulloso de él, es cierto. Éramos iguales en muchos aspectos, por eso sabía que él quería más y yo no podía enseñarle nada nuevo. Era cuestión de tiempo que acabase conmigo para conseguir mi Sombrero. Así que me adelanté.

La voz de Enigma seguía moviéndose de un lado a otro de la sala. Empezaba a sentirme mareado y enfermo.

–          Mi plan era un poco enrevesado y arriesgado pero funcionó. Blaise creyó haberme matado cuando en realidad sólo se había deshecho de una copia, no le enseñé todos mis trucos como él creía… Estaba tan eufórico que ni siquiera se molestó en comprobarlo. Cuando se dio cuenta de que mi Sombrero estaba dentro de su trampa se enfureció… -Enigma rió y las paredes de la biblioteca temblaron- Pobres pueblerinos. No les desearía muertes tan horribles ni a mi peor enemigo…

–          Por favor… -Llegué a articular. No me respondía ningún musculo.

–          ¿Por favor? Un emperador no suplica –se burló de mí-. ¿Sabes a quién te pareces ahora?

–          Fauna…

–          Débil, sólo… recuerda lo que sientes ahora Emperador. –tronó en mis oídos-. Pero volvamos a Blaise, llevo mucho tiempo esperando para contar mi historia –dijo con un tono más benévolo-. Cuando se hubo calmado y se dio cuenta de que él sólo no podría recuperar el Sombrero llamó a su hermana a su manera, bueno esa parte ya la conoces, un final digno de un traidor. ¿Quién iba a pensar que el maleficio tenía efectos secundarios? Resulta que creé un artilugio tan poderoso o más que mi Sombrero…

Y todo a mí alrededor desapareció en un relámpago de dolor.

 

CONTINUARÁ…

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