Se ha movido

cabaña nieve

Si pienso en cómo empezó se me nubla aún más la mente. Sé que tenía una vida anterior a mi llegada a este bosque, a esta cabaña, pero al recordarla parece la de otra persona.

Llegué hasta aquí en un coche, lo recuerdo porque la primera vez que lo vi yo estaba al volante. Me pareció extraño  encontrarlo tan lejos de todo, pero no le di importancia… al principio no.

Llevo mirando por esta ventana más de doce horas, vigilándolo. A veces oigo las voces de  personas que sé que conozco pero que, aunque me esfuerce, no logro reconocer. Son retazos de conversaciones antiguas: “¿Has terminado el trabajo?”, “Pareces cansada”, “Quedamos a las siete”, “Deberías tomarte unos días libres”…

Una voz sobre todas las otras, la de un hombre, me dice que todo irá mejor cuando vuelva. No le creo, no confío en él.

En algún momento comprendí su maldad, la de ese ser que me vigila tras el cristal. No puede moverse, o eso parece, pero sé que quiere matarme.

La primera noche (o puede que la tercera) oí unos arañazos en el cristal. “Son sólo ramas” me tranquilicé. Al día siguiente comprobé que el cristal estaba arañado y recordé que no había ningún árbol lo suficientemente cerca de la cabaña.

Y allí estaba él, tan sólo a unos metros. Alguien se había dedicado a amontonar nieve para darle forma. Le había colocado un par de ramas retorcidas a modo de brazos y un par de piedras oscuras por ojos. “¿Qué clase de niño desquiciado te ha hecho?” pensé.

Sí, ese fue el momento en el que lo comprendí.

Las pocas dudas que pudiese tener se disiparon una tarde cuando apareció en mi puerta una rata muerta y unas pisadas desconocidas que conducían al demonio de nieve. Cuando estuve a una distancia prudencial (la suficiente para ver sin ser vista) comprobé que a sus pies había restos de vísceras y huesecillos.

Atranqué puertas y ventanas, todas menos la que me permite vigilarlo y me pegué al cristal. El permanece inmóvil pero sé que no aguantará mucho así. Tarde o temprano tendrá que comer, tarde o temprano hará un movimiento y sabré que ha llegado el momento.

¿Cómo acabar con un demonio de nieve? Fácil…

 Mientras recorría la casa buscando lo necesario para la hoguera encontré lápiz, papel y un tubo en el que guardaré mi nota para arrojarla a la nieve. Quiero que se conozca mi historia, que el mundo sepa que me he sacrificado por un bien mayor.

Sigo mirándole a los ojos.

Se ha movido.

* * * * *

El incendio se habría extendido mucho más rápido si un cazador no hubiese visto el humo desde su cabaña. Cuando el pobre hombre llegó al lugar sólo pudo llamar a los bomberos y los diez minutos que pasó esperando, oyendo los alaridos de la mujer que estaba atrapada dentro, se le  grabaron en el alma y lo atormentaron hasta su muerte.

Después de que extinguiesen el incendio y sacasen el cuerpo, el cazador se enjuagó las lágrimas y volvió a su casa. Allí no había nada que hacer.

Fue entonces cuando vio un objeto naranja en el suelo. Era un bote traslúcido que parecía contener un papel doblado. Llevaba una etiqueta en la que se leía el nombre de una mujer y, más abajo, el medicamento que solía contener: “Clozapina”.

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