La bruja

clara

Decidí visitar a “la bruja” para demostrarle a mis hermanas que se equivocaban. Haber vivido en un pueblecito durante toda nuestra vida no era excusa para esas supersticiones. Llevábamos ya dos años en la ciudad y estaba harta de aguantar las burlas del resto de compañeras de la fábrica sobre nuestro pasado en el pueblo.

Senté a las tres en el reducido espacio de nuestra habitación y les expliqué que no podían hacer caso de todo lo que dijera la gente y mucho menos a las otras trabajadoras. ¿Habían visto acaso a la bruja? No ¿Habían visto algún encantamiento en persona? No ¿Qué pensaría el padre Agustín de todo eso? Bajaron la cabeza avergonzadas, pero yo sabía que seguían temiendo que fuese cierto.

Yo también había oído historias sobre una mujer que vivía cerca del puerto que hacía pócimas de amor o maleficios, según conviniese, por el módico precio de 10 pesetas y un alma. Otros decían que vivía en el barrio de los curtidores y que se reconocía su casa porque era la única que olía a flores. El aspecto de la mujer, su bondad o maldad así como su nombre variaban también en cada historia.

No pensé que hubiese una persona real tras todas esas leyendas hasta que vi a una muchacha llorando a las puertas de una iglesia.

          ¿Qué te pasa? ¿Necesitas ayuda?

          ¡No puedo entrar! –dijo señalando al edificio.

Las puertas estaban abiertas de par en par, le pedí que se explicase. Había ido a ver a la bruja, cómo no, y ésta le había dado una pócima de amor que había funcionado a las mil maravillas, se casaba la semana siguiente, pero al querer entrar en la iglesia para hablar con el cura había empezado a sudar y a sentir un dolor en el pecho que la obligó a salir.

          ¿Cómo voy a casarme si no puedo entrar en la iglesia? ¿Qué le voy a decir a mi novio?

Le intenté explicar que no tenía ninguna maldición, que nadie se había quedado con su alma, que sus dolores eran fruto de los nervios, pero no me hizo caso. Le pregunté por la dirección de la famosa bruja y fui en su busca. Miraba a la pobre chica y veía a mis hermanas. Aquel sinsentido se tenía que acabar.

Llegué a un edificio estrecho que parecía haber sido construido entre los dos que los estrujaban sin pedir permiso a nadie. La verdad era que no lo habría encontrado si no me hubiesen indicado la dirección. La pintura descascarillada del edifcio era del mismo tono gris manchado que la puerta de madera que parecía pender de un hilo sobre los goznes y se confundían fácilmente.

Eran las tres de la tarde de un día despejado y en la calle había tres o cuatro personas. No tenía miedo. Llamé a la puerta y esperé. A los pocos segundos salió a toda prisa un hombre que me tiró al suelo  y desapareció calle abajo.

Me levanté y le grité algo pero ni se dignó a girarse. Aproveché que aquel tipo había dejado la puerta abierta. Para mi sorpresa el interior, aunque abarrotado por la falta de espacio, estaba exquisitamente decorado con muebles caros. Eran muy parecidos a los que había visto en casa de la dueña de la fábrica cuando me tocaba ir a limpiar. La entrada estaba iluminada, ni rastro del abandono del exterior, y se oía música suave que venía de la habitación del fondo. Todo era bastante normal, pero olía a flores y bastó eso para que toda la piel se me pusiese de gallina.

Me dirigí hacia la música y entré en una mezcla de biblioteca, cocina y sala de estar. En el sillón de orejas que estaba junto al gramófono yacía el cuerpo sin vida de una mujer de no más de treinta años vestida con un traje de noche y un tocado de plumas. Le habían disparado en el corazón y la cabeza.

Lo normal hubiese sido que gritase y saliese corriendo, pero mi corazón estaba inexplicablemente tranquilo. Examine los libros. Unos detallaban fórmulas y recetas de lo que supuse serían las pócimas, otros hablaban de rituales a la luz de la luna. Algunos no los entendía pero otros parecían sencillos.

Sin saber cómo me vi a mi misma mezclando esencias e ingredientes para un elixir que borraba la memoria. Desde luego aquel piso parecía mucho más acogedor que una habitación compartida al lado de una fábrica…

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