La Maleta – Capítulo 6: Respuestas

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Contarles a mis padres lo que me proponía hacer era una locura: Ni me creerían ni me dejarían marchar. Así que aproveché que no había nadie en casa para recoger algunas cosas, robar algo de dinero e irme.

No fue hasta que me encontraba a kilómetros de allí cuando pensé en su reacción. Su hijo se había suicidado y su hija había huido de casa, robándoles parte del poco dinero que tenían. Nunca volví, nunca encontré las fuerzas para enfrentarme a ellos ni para explicárselo todo.

Llegué a este pueblo hace cincuenta años. No fue necesario buscar a mi hermano, estaba esperándome.

Álvaro vestía ahora el traje de mago, pero estaba gastado y le quedaba pequeño. Llevaba una barba descuidada y sonreía dejando ver unos dientes amarillos y podridos. Aunque a decir verdad no era una sonrisa, sólo apretaba los dientes y los enseñaba, como haría un perro antes de atacar. Tampoco sus ojos sonreían. Era la mirada de un hombre loco. Aquel no era mi hermano, hacía tiempo que no.

Se acercó a mí y me ofreció amablemente su brazo.

–          Demos un paseo hermana. –me agarré de su brazo temblando.  No quería ir con ese hombre, pero tenía miedo de negarme.

–          ¿Por qué nos dejaste Álvaro? –pregunté, aunque yo ya sabía la respuesta.

–          No es eso lo que quieres saber. Lo que de verdad te ha traído aquí son estas preguntas: ¿Consiguió un mago de circo lo que no lograron los médicos? ¿Era real su magia? Bueno, ya me ves –dijo dando un salto de repente para mostrar su vitalidad, aunque estaba claro que no era precisamente la imagen de una persona sana.

–          ¿Qué te pasó? –La pregunta abarcaba mucho más de lo que mi hermano pudo comprender.

–          ¡Magia! –y soltó una carcajada teatral. Todo en él era forzado,  llevaba tanto tiempo representado el papel de mago que ya no sabía hacer otra cosa. Se había tragado su personalidad, si es que llegó a tener una propia.

Lo que había pasado aquella noche hace años estaba confuso para él. Cuando vio al mago en la pista supo que ese era su destino. Recuerda fragmentos de cómo había llegado hasta la caravana donde vivía el mago y su ayudante, todos esos recuerdos estaban cubiertos por una neblina.

Enigma se ocupó de él, lo cuidaba y le enseñaba todos sus trucos, pero no dejaba que tocase su chistera. Sólo pudo acercarse a ella las primeras noches que pasó en el circo, cuando el mago le hacía respirar la niebla que salía de ella. Al principio no le gustaba, pero cuando se dio cuenta de que los síntomas de su enfermedad desaparecían comprendió el valor del Sombrero.

Conseguía realizar los trucos de magia cada vez más complicados y cuando el mago ya se los había enseñado todos fue cuando empezó su adoctrinamiento.

Le dijo que no había podido tener hijos pero que su dios le había enviado a él para que sus conocimientos y poderes no se perdieran tras su muerte. Enigma le mostró libros antiguos en idiomas que no debería entender pero que inexplicablemente leía con total facilidad.

El mago estaba cada vez más orgulloso de él: Pronunciando las debidas palabras cualquier elemento se doblegaba a su voluntad, la telequinesis, la telepatía y la piroquinesis no tenían secretos para él. Se había ganado su propio nombre de mago: Blaise. En pocos años había superado al maestro y Enigma, al contrario de lo que habría pasado con otros compañeros, se sentía feliz.

Pero mi hermano se sentía frustrado. Su aprendizaje había llegado a un punto muerto. Enigma insistía en enseñarle  medicina y como la magia podía complementarla pero a él le parecía ridículo. No le interesaba curar a la gente, quería dominarla. Quería demostrar a todo el mundo que no era el niño enclenque que sólo merecía lástima. Ahora tenía poder.

Esto hizo saltar todas las alarmas para Enigma. Tenía que controlarlo de alguna forma.

–          El bastardo quería detenerme –dijo sin ningún sentimiento en la voz-. Lo sorprendí formulando un nuevo encantamiento, uno para crear una prisión capaz de contenerme. Encantó su vieja maleta. ¿Te imaginas? ¡Encerrarme a mí en una maleta! Pero era un hombre listo, eso no se lo discuto. Dentro de la Maleta está su sombrero de copa, perfectamente doblado. El Sombrero. Necesito ese sombrero –dijo mirándome fijamente y apretándome el brazo-. Yo no puedo abrir la Maleta sin quedar atrapado, pero tú sí.

 

CONTINUARÁ…

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