La Maleta – Capítulo 5: La historia

circus group

Cuando tenía catorce años llegó a nuestra pequeña villa un circo. Sólo unos pocos de mis vecinos habían visto uno. Se habló durante meses del espectáculo. Yo desde luego no pude olvidarlo nunca.

Desde la ventana del desván se veían las banderas y las luces de la gran carpa. Mi hermano se quedó toda la noche despierto contemplándolas como un marinero contempla la tierra después de meses en alta mar.

Mi madre lo había encontrado pocas semanas antes merodeando cerca de un barranco, diciendo frases sin sentido. No se habló del tema en casa. Desde entonces no lo dejaban salir sin compañía.

Tampoco le castigaron. ¿Qué podían hacer? Álvaro llevaba toda su vida enfermo. Nadie sabía lo que tenía pero todos los médicos coincidían en que no había cura. Cuando nació y vieron su peso y su color (el niño más pálido que habían visto en su vida) llamaron al cura, no creían que llegase vivo al día siguiente.

Pero sobrevivió. A partir de ese día todo el mundo le miraba con una mezcla de tristeza y asombro. Yo sabía lo que pensaban al ver a ese niño tan delgado, tan pequeño para su edad, tan pálido. La viva imagen de la enfermedad.

Intentaba hacer como que esas miradas no existían pensando que así evitaba que mi hermano se diese cuenta, hasta que un día me dijo: “Míralos Agnes, deben de creer que soy contagioso. No dejan que sus hijos se acerquen a mí. Quizá tengan miedo de que me muera mientras juego con ellos… ¡Qué horror!” Hizo un gesto exagerado al final y se rió para quitarle importancia. Luego, aunque intentó evitarlo para hacerse el fuerte, estuvo tosiendo durante dos minutos. Eso ocurrió dos días antes de que lo encontrásemos frente al barranco.

El circo pareció caído del cielo. Álvaro necesitaba una distracción, sentirse feliz por unas horas. Mis padres no se opusieron, pensaban lo mismo que yo. Saqué mis ahorros de la lata de galletas que tenía bajo la cama y me gasté hasta la última moneda ese día.

Todo fue como lo imaginamos y mejor: los payasos dando volteretas, cayéndose, peleándose; los trapecistas, con sus trajes de lentejuelas de colores, volando de un lado a otro a diez metros del suelo con esos movimientos tan perfectos; los leones, los elefantes… pero lo mejor fue el número final. El número de magia.

La pista quedó entonces sumida en la oscuridad durante unos segundos para inmediatamente dejar que un foco iluminase el centro. Un instante no había nada allí y al otro una nube de humo comenzó a crecer hasta convertirse en un hombre: Enigma el magnífico.

El mago era un hombre apuesto, con un elaborado bigote, un traje impoluto y un sombrero de copa brillante. Se quitó el sombrero, lo sacudió y de él comenzó a salir la misma niebla que tomó forma de mujer.

Durante una hora el mago y su ayudante hicieron todo tipo de trucos de magia a cuál más imposible. Mi hermano estaba sentado en el borde del asiento, agarrándose a él con fuerza y con los ojos como platos. Creo que no tosió ni una vez.

Nos fuimos a casa, yo pensando en la extraña mirada del mago (¿eran dorados sus ojos?) y mi hermano con una revelación en su joven cabecita…

Esa noche soñé que el extraño humo inundaba nuestra vieja casa, subiendo por las escaleras hasta atravesar la puerta de la habitación de mi hermano. Al día siguiente no estaba en su cama. Nos había dejado una nota: “He encontrado una salida”.

Mis padres pensaron que esa salida era el barranco. Le dijeron al resto del pueblo que lo habían enviado a un centro de salud en otra ciudad para que se recuperase y meses más tarde les comunicaron su muerte, los médicos no habían podido hacer nada. No querían que mi hermano fuese juzgado y condenado por el resto de vecinos.  Rezaban todas las noches para que Dios perdonase a su hijo y le dejase entrar en el cielo.

Yo sabía que Álvaro estaba vivo, pero no quise decirles que su hijo había huido con el circo. Su mentira era mucho mejor que la verdad.

Desde el día que desapareció tuve un sueño que se repetía. El mago rodeaba con el brazo a mi hermano, en un gesto protector y éste sonreía. Era su forma de decirme que estaba bien. Al menos al principio, luego su mirada se volvió amenazadora. Los sueños duraron diez años hasta que un día pararon sin más.

Dos años después del último sueño el circo volvió. Cuando vi los carteles anunciándolo sentí miedo y eso me sorprendió. “¿No quieres ver a tu hermano?” me pregunté a mi misma y lloré al saber que la respuesta era no.

Pero me dirigí al descampado donde estaban montando la carpa. Era su hermana mayor, tenía que comprobar que estaba bien, que estaba vivo, que después de todo no estaba equivocada y había saltado al vacío hacía diez años.

Todo era distinto a la última vez. Nada de emoción, nada de brillo y magia. Sólo un montón de obreros trabajando, payasos medio maquillados y bailarinas fumando apoyadas en una de las camionetas. Yo ya no era una niña y no estaba allí para divertirme. Quería ver a mi hermano.

Me acerqué a un hombre enorme que estaba levantando unas pesas. Pregunté por  el aprendiz del mago.  Soltó las pesas de golpe. Su cara pasó de la sorpresa, al miedo y la rabia en apenas segundos. Luego me dio la espalda y se alejó sin responderme. Me di cuenta entonces de que la gente que me rodeaba había dejado de trabajar y me miraban con suspicacia. Nadie  pronunció una sola palabra y no me atreví a preguntar nada más.

Mientras me alejaba del recinto oí una voz que me llamaba. Era una de las bailarinas. Llevaba sólo unos meses trabajando y no había llegado a conocer ni al mago ni a su aprendiz, algo había pasado con ellos hacía un par de años, y después de eso nada, como si no hubiesen existido. Había intentado sonsacarles información a los demás, era una historia rodeada de misterio y se moría de curiosidad, pero nadie soltaba prenda. Lo único que había averiguado es el nombre del pueblo en el que ocurrió el incidente: Otxate.

CONTINUARÁ…

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