La Maleta – Capítulo 4: El pueblo

puertas2

Los mapas situaban la biblioteca en el centro de un pueblecito. Apenas 100 habitantes que se repartían en un puñado de casas edificadas sin ton ni son creando calles estrechas y retorcidas. En lo que debiera ser la plaza mayor se erigía el imponente edificio de piedra. Parecía totalmente fuera de lugar, como si hubiese caído del cielo. “Como si hubiese salido de mi Maleta” recuerdo que pensé.

Subí las escaleras que conducían a las puertas de madera de roble para leer un cartel que colgaba de ellas: “Vuelvo en cinco minutos.” decía. No podía creérmelo.

Apreté el asa de mi Maleta dispuesto a castigar tal afrenta, pero ¿contra quién dirigiría mi poder?

No había cerradura.

Sabía que no podía hacer desaparecer las puertas dentro de mi Maleta (aunque me avergüenza decir que lo intenté). Una palanca tampoco habría servido de nada, era obvio que ese era un edificio especial. De todas formas necesitaba que el bibliotecario me abriera por las buenas. Ese hombre o mujer o lo que fuese sabía cosas y yo necesitaba ese conocimiento. Luego podría vengarme de él. Y tenía cinco minutos para pensar cómo.

Pasó el tiempo y nadie apareció. Aporreé la puerta, grité, llamé a varias casas cercanas, maldije al bibliotecario, maldije a aquel pueblo y finalmente caí inconsciente.

Una voz de mujer fue lo que me despertó.  “¿Hace cuánto que no come?” me preguntó. Pero no contesté, en lugar de eso la aparté de un empujón y busqué con la mirada mi Maleta desesperadamente. Salté de la cama para inspeccionar el resto de la casa. Ni siquiera me molesté en preguntarme dónde estaba. No importaba. Necesitaba recuperarla. Era mía. Cuando iba a cruzar el umbral de la habitación noté un golpe en la nuca y volví a desvanecerme.

Me desperté aturdido y atado en la misma cama. Mi Maleta seguía sin aparecer.

A mi lado se encontraba  mi captora: una anciana, sentada en una silla de madera, moviéndose de atrás a delante haciendo crujir las patas de la silla creando una cantinela que no hacía otra cosa que sacarme de quicio.

–          ¡Basta!  -ordené, y la mujer paró.

Se quedó quieta mirándome. Era una mirada a la que estaba acostumbrado. Pensé en Fiona. Luego volví a pensar en mi Maleta. Antes de que pudiese decir nada, la anciana empezó a hablar.

–          Escúchame bien –hablaba despacio, cortándome con cada palabra-. Sé que quieres respuestas, y las vas a tener. No me interrumpas o dejaré de hablar, me iré y te quedarás aquí atado para que te pudras. Y créeme que no me desagrada la idea.

Asentí  (no tenía otra opción) y ella comenzó a contarme su historia.

CONTINUARÁ…

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