La Maleta – Capítulo 2: Todo vuelve

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Caminé cerca de una hora con la maleta hasta que encontré a alguien, un anciano. Le paré con la excusa de que me había encontrado esa maleta y le pregunté si la reconocía. Me miró extrañado y dijo que nunca la había visto. Le presioné para que la abriera y se asegurase de que no era suya. El hombre estuvo a punto de salir corriendo, pero supongo que le entró curiosidad.

Esta vez pude verlo bien. Por unos instantes el anciano parpadeó, se difuminó y después desapareció. No sabría explicarlo mejor. En ese momento sentí como si una corriente eléctrica recorriese mi cuerpo, un frenesí que no había sentido antes. Y me gustó.

Al día siguiente fui a trabajar como de costumbre, pero esta vez me llevé la Maleta. Una idea se había ido gestando en mi cabeza durante la noche. Comprendan el estado en el que me encontraba. No podía saber, como ahora sé, que el poder que me había sido entregado debía utilizarse para cosas más elevadas.

Sólo había dos personas que se interponían en mi camino al éxito y ahora sabía cómo eliminarlas. Fue una mañana bastante divertida, he de reconocer.

Pero no sería tan fácil, ningún Elegido lo tiene fácil al principio. Empezaron a hacer preguntas. Tres personas de mi entorno habían desaparecido. Fui un estúpido. Pero ese acoso me iluminó. ¿Ascensos? ¿Dirigir una empresa? ¡Qué necio! Tenía en mis manos un poder ilimitado. Tenía que olvidarme de mi antigua vida. Había sido elegido por algo o alguien. Pero mi conocimiento sobre cómo utilizar ese poder se limitaba a las normas de la tarjeta.

Había descubierto que si me concentraba cualquier cosa podía salir de allí: comida, ropa, dinero… y para mí huida necesité dinero, no podía abrirme paso entre mis perseguidores haciéndolos desaparecer. No quería que en un descuido descubriesen mi secreto, no hasta estar preparado.

Las normas decían que por cada cosa que sacase debía introducir otra y así lo hacía. También decían que lo que entrase en ella volvería a salir. Y eso me atormentó durante meses. Algunas noches podía oír el llanto de un bebé a lo lejos, incluso olía el perfume de Fauna.

Una noche me encontraba acostado en el  catre de una cabaña que había encontrado en un bosque (pensé que era el escondite ideal, no muy original pero seguro), sumido en un pesado sueño después de revisar varios libros que había robado de una biblioteca, cuando ocurrió.

Algo me sobresaltó. La habitación estaba completamente a oscuras pero pude sentir la respiración lenta pero constante de varias personas que rodeaban mi cama. Encendí la lámpara sabiendo que cuando la habitación se iluminase no habría nadie.

Me equivoqué.

Allí estaba Fauna. Sus ojos habían perdido todo brillo y color. Su cuerpo, magullado y sucio, parecía emborronarse en algunas partes, como un dibujo demasiado difuminado. Miraba hacia mí sin verme y sostenía en sus brazos un bulto envuelto en mantas ensangrentadas. También estaban los otros. Igualmente ausentes pero conscientes de que yo estaba allí. Y digo conscientes porque respondían a cada uno de mis movimientos con un gemido.  Sabía lo que querían.

CONTINUARÁ…

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